La rápida expansión de la inteligencia artificial promete transformar el trabajo, la educación y la economía global, pero también plantea riesgos sociales y laborales que mantienen en alerta a la comunidad internacional.
La inteligencia artificial (IA) se ha integrado de manera acelerada en la vida cotidiana y en los entornos laborales. Aunque su desarrollo ofrece oportunidades de innovación y eficiencia, también genera preocupaciones por la posible pérdida de empleos, el aumento de la desigualdad y el debilitamiento del control humano sobre decisiones clave.
Ante este panorama, las Naciones Unidas han insistido en un enfoque centrado en las personas. En 2024, el secretario general António Guterres advirtió que el destino de la humanidad no debe quedar en manos de algoritmos opacos y subrayó la necesidad de garantizar siempre la supervisión humana y el respeto por los derechos fundamentales.
Desde entonces, el sistema de la ONU ha trabajado en una agenda de gobernanza ética de la IA, apoyada en el Pacto Digital Global, con énfasis en educación, empleo, acceso equitativo y derechos humanos.
Uno de los pilares señalados es la educación. La UNESCO advierte que no basta con incorporar herramientas de inteligencia artificial en las aulas, sino que es necesario fortalecer la alfabetización digital de estudiantes y docentes. Para el organismo, la IA puede apoyar procesos técnicos, pero no reemplazar el desarrollo humano ni la dimensión social y cultural de la educación.
En el ámbito laboral, persisten los temores por la automatización. El Foro Económico Mundial estimó que en 2025 el 41 % de los empleadores consideraba reducir personal debido a la IA. Sin embargo, la Organización Internacional del Trabajo sostiene que, aunque cerca de uno de cada cuatro empleos se transformará, esto no implica necesariamente una pérdida neta de puestos, sino cambios profundos en la forma de trabajar y una mayor exigencia de adaptación y aprendizaje continuo.
La ONU también alerta sobre el riesgo de que la IA amplíe las brechas existentes, dado que su desarrollo está concentrado en pocas empresas y países. Por ello, promueve políticas que garanticen un acceso más equitativo a sus beneficios y eviten que la tecnología quede limitada a sectores privilegiados.
En regiones como África, el desafío es mayor. Aunque el continente representa casi el 18 % de la población mundial, concentra menos del 1 % de la capacidad global de centros de datos. Aun así, la inteligencia artificial ya muestra aplicaciones positivas en agricultura, salud y monitoreo climático, siempre que vaya acompañada de inversión en datos locales, formación y marcos regulatorios adecuados.















