Por SIMÓN RAMÍREZ GONZÁLEZ*
La calidad de una democracia no se mide únicamente por la posibilidad de votar. También se refleja en quiénes ocupan los espacios donde se toman las decisiones. Cuando las mujeres no llegan a esos lugares, no es solo una oportunidad individual la que se pierde; es la política la que deja de enriquecerse con otras experiencias, miradas y formas de liderazgo.
Durante mucho tiempo se entendió la participación femenina como una cuestión de representación. Hoy el debate debe ir mucho más allá. No se trata únicamente de cuántas mujeres ocupan una curul, una secretaría o una alcaldía, sino de comprender qué aporta su liderazgo a la construcción de mejores decisiones públicas.
Quienes hemos tenido la oportunidad de trabajar con lideresas sociales, comunales, servidoras públicas, docentes y emprendedoras sabemos que su participación transforma las conversaciones. Con frecuencia incorporan temas que antes parecían secundarios: el cuidado, la educación, la prevención de las violencias, la salud mental, la infancia, la conciliación familiar, la inclusión y el desarrollo comunitario. No porque sean asuntos exclusivos de las mujeres, sino porque históricamente ellas han vivido más de cerca muchas de esas realidades.
Sin embargo, todavía persisten barreras que limitan su participación. Muchas mujeres deben demostrar el doble para recibir el mismo reconocimiento. Otras enfrentan descalificaciones personales, violencia política o cuestionamientos que rara vez recaen sobre sus colegas hombres. Esa realidad no solo afecta a quienes aspiran a liderar; también empobrece el debate democrático.
Como hombre, creo que este no es un tema que deba interesar únicamente a las mujeres. Es un asunto que compromete a toda la sociedad. La política necesita más voces, más perspectivas y más capacidad de escuchar. Una democracia donde siempre deciden los mismos termina alejándose de la realidad de quienes representa.
Por eso resulta esperanzador ver cada vez más mujeres asumiendo responsabilidades públicas, liderando organizaciones sociales, participando en juntas, universidades, empresas y escenarios de decisión. No porque deban ocupar esos espacios por una cuota, sino porque el talento nunca ha tenido género y el servicio público tampoco debería tener barreras.
El verdadero reto consiste en construir una cultura política donde una niña pueda imaginarse siendo alcaldesa, gobernadora, congresista o presidenta con la misma naturalidad con la que hoy imagina cualquier otra profesión. Donde las capacidades pesen más que los prejuicios y donde el liderazgo se valore por sus resultados, no por el género de quien lo ejerce.
Porque cuando una mujer no llega a decidir, no pierde únicamente ella. Perdemos todos. Perdemos ideas, sensibilidad, talento, innovación y la posibilidad de construir instituciones más cercanas a la realidad de la ciudadanía.
Una mejor política no será aquella en la que hombres y mujeres compitan entre sí, sino aquella en la que ambos puedan construir juntos las soluciones que el país necesita. Ahí comienza una democracia verdaderamente representativa.
*Abogado – Servidor Público – Profesor – Columnista de Opinión










