**Salud mental infantil en Colombia: 9,6% de niños de 7 a 11 años presenta posibles trastornos**

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La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 ha encendido las alarmas en Colombia al revelar que el 9,6% de los niños de 7 a 11 años presenta indicios de probables trastornos mentales, una cifra que duplica la tasa de diagnósticos registrada en 2015. Este incremento, que expertos como Miguel Gutiérrez, psicólogo y psicoanalista de la Universidad del Rosario, y Felipe Bravo Bolaños, psicólogo miembro de la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud y Colmedia, analizan con cautela, abre un debate sobre si estamos ante un deterioro real de la salud mental infantil o ante una mayor visibilización de problemas que antes permanecían ocultos.

Los datos más preocupantes del estudio señalan que el 12,8% de los niños presenta hiperactividad, el diagnóstico más común, especialmente en varones, mientras que el 9,3% sufre trastornos emocionales. La encuesta también revela que el 26,5% de los menores con hiperactividad ha experimentado discriminación escolar, y el 17,7% tiene antecedentes familiares de enfermedad mental. Además, el 15,8% enfrenta dificultades para aprender a leer o escribir, y el 12,5% reporta problemas para dormir bien. En un panorama más amplio, el 28,7% de los niños y adolescentes ha vivido al menos un evento traumático, y entre quienes han sufrido experiencias adversas, la prevalencia de síntomas de TEPT alcanza el 1,9%.

Un llamado a no patologizar la infancia

Frente a estas cifras, Miguel Gutiérrez advierte sobre el riesgo de convertir la niñez en una categoría psiquiátrica. «Es una excelente noticia contar con una radiografía actualizada de los problemas, porque nos permite entender qué está ocurriendo y nos da datos nacionales luego de la encuesta de 2015. Pero también es fundamental subrayar que la encuesta acierta al plantear que no todo malestar es un trastorno mental. Hay que tener mucho cuidado de no convertir la infancia en una categoría psiquiátrica. Que los niños sientan tristeza, miedo o rabia no significa que estén enfermos», señaló el experto.

«Es una excelente noticia contar con una radiografía actualizada de los problemas, porque nos permite entender qué está ocurriendo y nos da datos nacionales luego de la encuesta de 2015. Pero también es fundamental subrayar que la encuesta acierta al plantear que no todo malestar es un trastorno mental. Hay que tener mucho cuidado de no convertir la infancia en una categoría psiquiátrica. Que los niños sientan tristeza, miedo o rabia no significa que estén enfermos»

Miguel Gutiérrez, psicólogo y psicoanalista, Universidad del Rosario

Por su parte, Felipe Bravo Bolaños profundiza en cómo la forma de nombrar el sufrimiento ha cambiado con el tiempo. «Una encuesta permite identificar tendencias, pero no explica por sí sola qué está ocurriendo. Muchas veces, lo que cambia es la forma en que una época nombra el sufrimiento. Hoy usamos categorías como ansiedad o depresión para experiencias que antes se llamaban timidez o nerviosismo. No significa que el malestar sea falso, sino que depende de cómo el discurso social interpreta esas experiencias», explicó.

Cultura digital, soledad parental y el fin de las redes de apoyo

Detrás del incremento en los diagnósticos, los expertos señalan transformaciones sociales profundas. La pandemia de COVID-19 actuó como un punto de inflexión subjetivo, pero también pesan factores estructurales como la discriminación, la pobreza multidimensional, la historia familiar de trastornos mentales y la falta de acceso a servicios de salud. Felipe Bravo Bolaños describe un contexto alarmante: «Actualmente vivimos en una cultura donde el ideal es producir y consumir. La crianza ha perdido el lugar central que tenía antes. Hoy las madres y padres crían en soledad, en apartamentos aislados; la red de apoyo comunitaria casi ha desaparecido y las pantallas ocupan el lugar de la compañía o del límite. El celular es la niñera ante la ausencia de tiempo y recursos para acompañar».

El psicólogo también alerta sobre el riesgo de que los diagnósticos se conviertan en etiquetas que limiten el desarrollo de los niños. «El diagnóstico tiene una función tranquilizadora, pero también puede volverse un problema si el niño se identifica con la etiqueta. El riesgo es que el diagnóstico se convierta en una identidad, y el niño deje de preguntarse quién es, para simplemente decir ‘yo soy ansioso’ o ‘yo soy hiperactivo’. Eso limita la posibilidad de transformación y crecimiento», afirmó.

Factores de riesgo y poblaciones más vulnerables

La encuesta también identifica poblaciones especialmente afectadas, como víctimas del conflicto armado, comunidades afrocolombianas, migrantes y población LGTBIQ+. En cuanto a los indicadores más críticos, el 2,1% de los niños de 7 a 11 años ha tenido ideas suicidas en el último mes, cifra que asciende al 4,8% entre los adolescentes de 12 a 17 años. Además, el 1,4% de los niños y el 2,9% de los adolescentes se autolesionan. En el lado positivo, el 67,5% de los niños ha buscado ayuda profesional en el último año, y de ellos, el 82,8% recibió atención efectiva, con una continuidad en los tratamientos del 84,1%.

Felipe Bravo Bolaños también hizo una reflexión sobre las expectativas parentales: «Muchos padres dicen: ‘yo quiero que mi hijo tenga todo lo que yo no tuve’. Pero el hijo no necesita lo que al padre le faltó, sino lo que él mismo necesita. Hay que revisar primero la propia falta antes de exigírsela a otro». Este llamado a la introspección se suma a las recomendaciones de los expertos, que incluyen fortalecer los equipos de bienestar en colegios, fomentar vínculos de calidad, regular y acompañar el uso de pantallas, y evitar diagnósticos apresurados que puedan patologizar experiencias normales del desarrollo infantil.

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