Desde la cárcel de Jamundí, en Cali, Óscar Albeiro Bados Peñaranda, condenado a 48 años de prisión por el secuestro de las hermanas Cynthia y Carolina Zuluaga en 2009, reveló en una entrevista publicada el 5 de enero de 2026 cómo desarrolló un sentimiento especial por Carolina, de 21 años entonces, durante los meses de cautiverio que ordenó el Cartel del Norte del Valle para cobrar una deuda de entre 2.500 y 3.000 millones de pesos derivada del asesinato de un deudor del narcotráfico.
El secuestro se gestó bajo la fachada de una compraventa inmobiliaria de una discoteca, simulada a través de una intermediaria, donde las hermanas fueron retenidas en una vivienda especialmente preparada. Bados, quien desde su adolescencia se involucró en el delito como escolta, confesó que las mantenía dopadas con somníferos disueltos en jugos, café, gaseosas y hasta en la comida para evitar resistencias, mientras el plan buscaba presionar por la millonaria deuda.
La retención de las hermanas
El cautiverio se prolongó con una dinámica cruel: Bados liberó a Carolina en un momento, pero ella decidió quedarse voluntariamente para proteger a su hermana Cynthia, usada como señuelo para atraer al Gaula, el grupo élite antidrogas de la Policía. Sus compañeros de crimen le advirtieron: te van a liberar una, pero con la que te quedes te echarán el Gaula, te liberarán a la otra y en ese momento te matarán. Así ocurrió; Bados se entregó herido por un ataque sicarial, con esposa y un bebé en ese entonces, lo que facilitó el rescate de Cynthia por el Gaula, mientras Carolina había sido liberada previamente.
«Creo que le llaman el síndrome de Estocolmo. Eso me sucedió con ella.»
Óscar Albeiro Bados Peñaranda, secuestrador condenado
En la entrevista con Rafael Poveda para el programa «Más allá del silencio», Bados expresó profundo arrepentimiento por el sufrimiento causado no solo a las familias Zuluaga, sino también a la suya propia, lamentando la muerte de su madre mientras él permanecía en prisión y los más de diez años sin ver a su hija. Admitió el irreversible daño de sus acciones, pese a la larga condena que cumple.
«Las manteníamos prácticamente dopadas, en jugos, café, gaseosa, cualquier líquido, hasta muchas veces en la comida.»
Óscar Albeiro Bados Peñaranda, secuestrador condenado
«Por más años de condena que uno pague, uno no libra todo el daño que hizo, todo el sufrimiento que se le hizo a la familia de Carolina, a la familia de Cynthia, a mi familia también le hice mucho daño.»
Óscar Albeiro Bados Peñaranda, secuestrador condenado
Durante el encierro, surgió un lazo inesperado con Carolina, quien le dejó un mensaje en su teléfono antes de partir: «Pase lo que pase, siempre estarás en mi mente y en mi corazón». Bados, ahora reflexivo tras años tras las rejas, cerró su testimonio con una súplica de perdón.
«Quiero pedirle perdón a la familia de Cynthia, a la familia de Carolina y a la familia que me queda.»
Óscar Albeiro Bados Peñaranda, secuestrador condenado
Este relato desde las profundidades del sistema penitenciario colombiano expone las secuelas de un crimen impulsado por el narcotráfico, donde el terror y el tiempo forjaron conexiones paradójicas, dejando huellas imborrables en víctimas, victimarios y sus allegados.

















