Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
Reina la confusión.
Néstor Lorenzo entra en un peligroso laberinto, en este nuevo ciclo de la selección. Busca un futbol nuevo sin James y sin Quintero; rastrea jugadores y ensaya sistemas, pero el resultado es el mismo: hay desconcierto.
No consigue buenos resultados. Ninguno de los convocados resalta, un factor que agita el ambiente crítico. En la cancha sus ideas carecen del respaldo futbolístico esperado.
La nómina elegida hasta ahora, no invita al optimismo. Mucho menos la forma de jugar y el rendimiento, tanto individual como colectivo. Son invisibles.
El funcionamiento y la conexión de pases entre líneas, simplemente no existen, por las repetidas equivocaciones en el manejo del balón.
El ataque consistente no se ve, debido a la falta de futbol creativo. Muy tarde, ya sobre el final, logró combinaciones que estuvieron a punto del empate. Sin embargo, la opción más prometedora la malogró Daniel Muñoz por su toque final defectuoso.
Colombia ha sido un equipo triste, sin chispa y estéril en la tarea creativa, sin opciones de gol, chocador como Paraguay que, con poco, fue más en el resultado.
Los jóvenes jugadores encargados del lavado de cara, no se vieron. Fueron inefectivos, en posiciones forzadas e incómodos. Nerviosos como Éider Ocampo, Kevin Andrade y Yáser Asprilla.
Los veteranos, Richard Ríos, Álvaro Angulo, Jon Arias, Jhon Lucumi, Gustavo Puerta, Jáminton Campaz y Luis Suarez, se contagiaron de la mediocridad.
Resulta ssensible la ausencia de Luis Díaz, quien, con Lorenzo en la selección, sacrificado por el esquema, poco ha brillado. Por ello su bajo nivel.
Cuesta mucho y quizás nunca volverá, aquel futbol con Falcao, James, Cuadrado, Juan Quintero o Freddy Guarín, determinantes en las distintas fases del juego.
Sus relevos no dan la talla aún.
Fácil es maquillar la realidad. Con atajos en las explicaciones que resultan injustificadas.
No se trata solo de vivir bien y presumir de alegría. De mantener la armonía en el vestuario. Es jugar con categoría, que es lo que pide la afición.
El público rechaza un equipo impreciso, sin pausas creativas, errático en la velocidad, sin balones filtrados con calidad, confuso en sus ideas y sin disparos a gol.
Sin el talento natural que lo asocia.
La selección invisible, como su futbol, sin toques de distinción, de bostezos. En manifiesta involución. Esteban J.








