La persistente sensación de arenilla, escozor o ardor en los ojos, que no desaparece incluso después de alejarse de las pantallas, podría ser un indicio de síndrome de ojo seco. A diferencia de la fatiga visual común, que se alivia con el descanso y el parpadeo, esta afección se origina por un desequilibrio en la película lagrimal que protege y lubrica la superficie ocular. Expertos de la Clínica Universidad de Navarra advierten que cuando la composición de esta capa se altera, la protección del ojo disminuye y los síntomas se agravan, dejando la córnea expuesta y vulnerable.
El cuadro se manifiesta con una variedad de molestias que van más allá de la simple irritación. Quienes lo padecen suelen reportar sensación de quemazón, picor, visión borrosa que mejora momentáneamente al parpadear, fotofobia, pesadez en los párpados y, en un giro paradójico, lagrimeo excesivo. Este lagrimeo, lejos de ser beneficioso, indica que el ojo produce lágrimas de mala calidad que no logran hidratar correctamente, lo que agrava la irritación en lugar de aliviarla. El enrojecimiento ocular y la sensación de tener un cuerpo extraño dentro del ojo completan el cuadro clínico característico.
Múltiples causas y señales de alerta
Las causas del síndrome de ojo seco son variadas y van desde factores ambientales, como la exposición a ambientes secos o con aire acondicionado, hasta condiciones fisiológicas como cambios hormonales, el uso prolongado de lentes de contacto o ciertos medicamentos. También influyen hábitos como el tabaquismo o dormir con los ojos ligeramente abiertos, una condición conocida como lagoftalmos nocturno. Los especialistas señalan que una causa frecuente es la meibomianitis, una inflamación de las glándulas que secretan la capa grasa de la lágrima, esencial para evitar su evaporación rápida. Existen, además, señales que exigen una consulta médica inmediata: la presencia de dolor intenso, secreción ocular, lesiones visibles en párpados o en la superficie del ojo, inflamación articular o la combinación de resequedad bucal con los síntomas oculares, lo que podría apuntar a enfermedades sistémicas.
El diagnóstico se realiza mediante una evaluación oftalmológica completa que incluye la medición de la agudeza visual, un examen con lámpara de hendidura y pruebas específicas para valorar la calidad y cantidad de la película lagrimal, como la tinción con colorantes o la prueba de Schirmer. En cuanto al tratamiento, la primera línea de acción son las lágrimas artificiales. Si con dos a cuatro aplicaciones diarias no se obtiene mejoría, los especialistas recomiendan aumentar la frecuencia o cambiar la fórmula, optando por productos sin conservantes si el uso es muy frecuente. Para quienes duermen con los ojos abiertos, los ungüentos lubricantes nocturnos ofrecen una protección más duradera durante las horas de sueño. Finalmente, para los casos resistentes, se hace indispensable la consulta con un especialista para descartar causas secundarias que requieran un manejo más específico.












