Daniel Escobar Cadavid, sobrino nieto de Pablo Escobar, ha revelado en el museo «La última caleta» de El Peñol las fascinantes colecciones familiares acumuladas durante el auge del Cartel de Medellín, que incluyen botellas de Coca-Cola procedentes de todo el mundo, animales exóticos como dos loras negras y alacranes de diversas especies, así como árboles y plantas raras translocados desde diferentes territorios. Junto a su hermano Nicolás Escobar Cadavid, quienes abrieron este espacio expositivo, Daniel comparte estos objetos que reflejan el inmenso poder adquisitivo de la familia, heredado de figuras como su abuelo Roberto Escobar, conocido como «el Osito», y su padre Nicolás Escobar Urquijo. La exhibición, narrada en un diálogo con Infobae Colombia, transporta a los visitantes a la Hacienda Nápoles y propiedades en Manizales, donde se guardaban estas rarezas.
Estas colecciones no solo abarcan botellas de Coca-Cola valoradas en un euro o un dólar cada una, compradas por Pablo en sus viajes para conocer culturas del primer mundo, sino también motocicletas Harley Davidson, obras de arte, un safari en Hacienda Nápoles con especies exóticas, una espada de Bolívar, juguetes, carros y hasta un frasco de supuesta «polvo lunar» vendido a precios elevados. La familia Escobar, en su época de mayor esplendor, llegaba a extremos como mover árboles exóticos a punto de desaparecer para preservarlos en sus fincas, demostrando una pasión por lo insólito que iba más allá del lujo evidente.
Las excentricidades que marcaron una era
Daniel Escobar Cadavid detalla cómo Pablo Escobar, pese a no hablar bien de Estados Unidos, coleccionaba con fervor sus productos emblemáticos, como se ve en fotos donde siempre aparece con una Coca-Cola en la mano, aunque la familia prestó la Hacienda Nápoles para un comercial de la competencia colombiana Naranja Postobón. «En esa habitación hay varias botellas que Pablo compró en las giras o viajes que hizo para conocer otras culturas y cosas del primer mundo. Hay Coca-Cola de todo el mundo; mis tías y nosotros, imitando a Pablo, comenzamos a coleccionar eso con el paso del tiempo», explica Daniel, subrayando que estas piezas, aunque modestas en valor, simbolizan una historia única.
«Es algo que marca la historia: él coleccionó Coca-Cola y Harley Davidson, pero Pablo no es que hablara bien de Estados Unidos. Vos ves, y en las fotos siempre tomaba esa gaseosa y compraba esas motos. Hay que aclarar que él prestó la Hacienda Nápoles para un comercial de Naranja Postobón, pero él tomaba era Coca-Cola».
Daniel Escobar Cadavid, sobrino nieto de Pablo Escobar
Las pasiones familiares se extendían a lo vivo y extravagante: en Manizales albergaban dos loras negras, su padre coleccionaba alacranes del mundo entero, y no faltaban anécdotas como la tortuga de las Galápagos que Daniel y su hermano montaban como un caballo, un acto que hoy expertos calificarían de delito. «Eso era lo que le gustaba. No era una persona extravagante; eso sí, tuvo de todo. Llegó al punto de que le apasionaba conseguir botellas de la marca, que podrían valer un euro o un dólar. Sin embargo, las colecciones importantes tenían obras de arte y demás», añade Daniel.
«Además del safari de la Hacienda Nápoles, tuvieron colección en Manizales; hablamos de dos loras negras. Mi papá tuvo alacranes de todo el mundo. La gente no sabe, pero en mi familia se coleccionaron árboles exóticos. Ellos llegaban a un territorio y hacían mover los árboles a otras zonas. Una cantidad de los árboles que hay a los lados de sus propiedades son porque los llevaron».
Daniel Escobar Cadavid, sobrino nieto de Pablo Escobar
El museo «La última caleta» no solo preserva estos tesoros, sino que invita a reflexionar sobre las excentricidades de una familia que, en el fragor del poder narco, acumuló desde lo cotidiano hasta lo imposible, como esa tortuga gigante o árboles rescatados. «Se llegó a un punto de poder coleccionar una gaseosa, pero también árboles que estaban a punto de desaparecer. Por ejemplo, tuvimos una tortuga de la isla Galápago, la tuvimos con mi hermano y ahora los expertos nos dicen que era un delito, pero nosotros nos montábamos en ella como si fuera un caballo», concluye Daniel, cerrando un capítulo que humaniza las leyendas del pasado en medio de Manizales y Antioquia.















