El alto consumo de contenidos digitales, especialmente videos cortos y redes sociales, está generando cambios en la plasticidad cerebral de niños y adolescentes menores de 16 años, afectando su capacidad de atención, memoria, pensamiento crítico y regulación emocional, según advierten tres expertas consultadas por La Veintitrés Manizales. La psicóloga clínica y magíster en neurociencias Magally Barrera; la educadora y creadora del Método Dinámico Creativo, Flor Marina Ramírez; y la educadora con énfasis en educación especial Laura Marcela Lozano coinciden en que, si bien estos efectos no son irreversibles, están transformando la manera en que las nuevas generaciones procesan la información y se relacionan con su entorno.
Las cifras en Colombia revelan la magnitud del fenómeno. Según datos de la Comisión de Regulación de Comunicaciones, el 61% de los niños, niñas y adolescentes en el país poseen un celular propio, porcentaje que asciende al 81% entre los jóvenes de 14 a 17 años, llega al 55% en preadolescentes de 10 a 13 años y alcanza al 35% en niños de 6 a 9 años. El tiempo de exposición es alarmante: durante la semana, los menores dedican en promedio 8,9 horas diarias al consumo de contenidos en el celular, mientras que los fines de semana la cifra se reduce ligeramente a 7,2 horas diarias. A esto se suma un consumo semanal de televisión de 6,1 horas. La evidencia científica citada por Barrera establece que el consumo superior a dos horas al día de contenido audiovisual corto incrementa significativamente la inatención y la impulsividad.
El cerebro se adapta, no se atrofia
Una de las precisiones más importantes que hacen las expertas es que no se trata de un daño cerebral permanente. “El cerebro no se atrofia o se daña por el uso de las redes sociales, sencillamente porque la evidencia científica no respalda esa afirmación”, señaló Magally Barrera, quien explicó que lo que ocurre es una adaptación del cerebro a patrones de estimulación específicos gracias a su capacidad de plasticidad. “Sí puede ocurrir que el cerebro se adapte a determinados patrones de estimulación debido a su capacidad de plasticidad, y estos pueden modificarse cuando cambian los hábitos”, agregó. Esto significa que, aunque los efectos son reales, no son permanentes y pueden revertirse con cambios en las rutinas de consumo digital.
«Afecta, en primer lugar, los procesos cognitivos, especialmente la atención»
Magally Barrera, psicóloga clínica y magíster en neurociencias
La psicóloga detalló que el impacto se manifiesta de manera concreta en la reducción de la amplitud del potencial evocado P300, una respuesta eléctrica del cerebro asociada a la atención y el procesamiento de estímulos relevantes. Esta alteración electrofisiológica se ha documentado en personas con exposición frecuente a redes sociales y explica por qué los estudiantes actuales muestran una capacidad de atención más breve que generaciones anteriores. Flor Marina Ramírez, quien ha trabajado por décadas en pedagogía, confirmó esta tendencia desde las aulas: “Los estudiantes de años anteriores solían mantener un ritmo de atención durante más tiempo… En la actualidad, muchos estudiantes presentan una capacidad de atención más breve, necesitan mayor variedad de estímulos y tienden a distraerse con mayor facilidad”.
Pensamiento crítico bajo amenaza
Más allá de la atención, las expertas alertan sobre el impacto en habilidades cognitivas superiores como el pensamiento crítico y el aprendizaje autónomo. Barrera explicó que la inmediatez de las respuestas que ofrecen las plataformas digitales y la inteligencia artificial está modificando la forma en que los niños construyen conocimiento. “Esto puede limitar el desarrollo del pensamiento crítico, disminuir la curiosidad y afectar el aprendizaje autónomo, ya que el estudiante se acostumbra a recibir respuestas inmediatas en lugar de construir el conocimiento”, afirmó. El mecanismo detrás de este fenómeno es el sistema de recompensa dopaminérgico, que las plataformas aprovechan mediante algoritmos diseñados para maximizar el engagement, reforzando la conducta de consumo continuo y dificultando la tolerancia a actividades que requieren esfuerzo sostenido.
Frustración y límites en casa
Laura Marcela Lozano, quien trabaja con niños y adolescentes en modalidad de “homeschool”, ha observado de primera mano las consecuencias conductuales de esta exposición digital. “Cuando tú les pones un límite y no permites usar teléfonos, les puede generar ansiedad… Percibo que se frustran más fácil ahora, porque no están acostumbrados a los límites, incluso, en la casa”, relató la educadora. Esta dificultad para manejar la frustración está directamente relacionada con la falta de entrenamiento en actividades no altamente estimulantes, un hábito que se ha ido perdiendo a medida que las pantallas ocupan más tiempo en la vida de los menores.
La Encuesta Nacional de Salud Mental en Colombia refleja la gravedad de la situación en el país: las cifras de ansiedad, depresión e ideas suicidas en la población infantil y adolescente triplican y cuadruplican los registros de 2015, un aumento que las expertas vinculan, al menos en parte, con los patrones de consumo digital y la consecuente afectación en la regulación emocional.
Respuestas desde la política pública
Frente a este panorama, comienzan a surgir iniciativas para regular el uso de dispositivos en el ámbito escolar. La Secretaría de Educación de Bogotá impulsa una propuesta para restringir el uso de celulares en menores de 16 años durante toda la jornada escolar, incluidos los descansos. Esta medida sigue la línea de países como Francia, que ya ha establecido restricciones definitivas al uso de dispositivos en menores de edad con el objetivo de favorecer la interacción social y la concentración en clase.
Las expertas consultadas insisten en que la tecnología no es “mala” en sí misma, sino que el problema radica en el formato y la duración del consumo. La profesora Ramírez recomendó a los padres de familia reemplazar el estímulo digital con actividades gratificantes del mundo real, como deportes, música o manualidades, y enseñar a los niños a tolerar actividades no altamente estimulantes como una forma de entrenar la atención y la tolerancia a la frustración. Las funciones ejecutivas y la corteza prefrontal, recordaron las especialistas, tienen un periodo crítico de desarrollo en los primeros cinco años de vida, etapa en la que la exposición temprana a pantallas puede tener un impacto particularmente significativo.












