El último suspiro que Dayro no pudo exhalar

estadio Romelio Martínez anoche. Foto: @ligabetplaydimayor
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«El ídolo es ídolo por un rato nada más, un puñado de éxitos y ya tiene la eternidad asegurada… hasta que el éxito se le escapa: Eduardo Galeano

Barranquilla no solo castigó con su humedad; anoche, el estadio Romelio Martínez fue el escenario de un guion de suspenso que terminó en la eliminación del Once Caldas en los cuartos de final del torneo profesional del fútbol colombiano

Tras un 2-2 trepidante (2-3 en el global), el ‘Blanco Blanco’ se despidió dejando una imagen que quedará grabada en la memoria del fútbol colombiano: el máximo artillero histórico, el hombre de los milagros, fallando frente a la tribuna del «Tiburón».

Mauro Silveira, el ídolo de la noche en Barranquilla
Foto: @ligabetplaydimayor

El Once Caldas llegó a Barranquilla con la obligación de remontar el 0-1 de la ida. No se amilanó ante el ambiente y pegó primero, silenciando por un momento las tribunas con un golazo de Gómez. Sin embargo, el Junior, empujado por su gente, reaccionó antes de que terminara el primer tiempo para poner la paridad.

En la segunda mitad, la narrativa parecía cerrarse en favor del local cuando el Junior tomó la ventaja a través de Barrios. Pero el equipo, con más amor propio que orden, encontró el 2-2 a cinco minutos del final.

La hazaña estaba a un solo gol de distancia; faltaba el último empujón para forzar los penaltis.

El minuto 95: El destino en los pies del mito

Con el tiempo cumplido y los cinco minutos de adición agonizando, se produjo el estallido: Dayro Moreno fue derribado en el área. Tras una revisión del VAR que se sintió eterna y que encendió las protestas de los jugadores del Junior, el juez ratificó la pena máxima.

Era el momento para el cual Dayro ha vivido toda su carrera. El goleador que ha roto todos los récords, el ídolo que incluso a su edad sigue siendo tema de conversación para la Selección, tenía la oportunidad de silenciar Barranquilla y rescatar al Once.

Dayro, que rara vez titubea, se enfrentó a Mauro Silveira. El Romelio contenía el aliento. Dayro, como siempre, a colocar, pateó con derecha, cruzado y a media altura. El l arquero uruguayo voló al paro derecho, adivinó la trayectoria y detuvo el remate, sepultando las esperanzas caldenses en el último segundo del partido.

Fue la noche en que el mito se hizo humano; porque en el fútbol ni siquiera los dioses están a salvo de la fragilidad del barro.

Ver a Dayro Moreno fallar un penal decisivo es una anomalía estadística, casi un error en la matriz. Para el Once Caldas, la eliminación duele por la forma; tuvieron el tiquete a los penales en los pies de su hombre más confiable y el balón simplemente no quiso entrar.

El «Blanco Blanco» regresa a Manizales con las manos vacías, mientras que Dayro, el eterno goleador, se queda con el sabor amargo de saber que, por una vez, el instinto le dio la espalda en el territorio del «Tiburón». El fútbol es cruel: no entiende de jerarquías ni de leyendas cuando el reloj marca el final.

Texto: La Veintitrés, con apoyo de IA.

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