La pelea no ha sido por quién promete más cambios, sino por quién logra generar menos temores.
Las dos semanas posteriores a la primera vuelta dejaron una paradoja: mientras la campaña se volvió más agresiva en el tono, ambos candidatos moderaron sus posiciones para tratar de conquistar a los indecisos.
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
Quizás el hecho más significativo fue el repliegue de la propuesta de Asamblea Constituyente. Durante la primera vuelta, la idea estuvo asociada al proyecto político de Iván Cepeda y del petrismo. Sin embargo, tras los resultados electorales, la campaña entendió que esa propuesta generaba resistencias en sectores moderados y comenzó a desaparecer del discurso. Incluso el programa de gobierno presentado para la segunda vuelta eliminó las referencias a la Constituyente y habló en cambio de un gran acuerdo nacional.
Ese movimiento puede interpretarse como un reconocimiento implícito de que la elección dejó un mensaje: una parte importante del electorado quiere cambios, pero no necesariamente una transformación institucional profunda.
Abelardo también moderó su discurso. Aunque suele presentarse como el candidato que mantuvo una línea más consistente, Abelardo de la Espriella también ajustó su narrativa. Varias de sus propuestas más ambiciosas comenzaron a ser matizadas durante la segunda vuelta, especialmente las relacionadas con seguridad, reducción del Estado y promesas económicas de impacto inmediato. El objetivo fue evitar que la campaña quedara atrapada en cuestionamientos sobre la viabilidad de sus planteamientos.
Esto demuestra que ambos candidatos llegaron a la misma conclusión: el elector que define la elección no está en los extremos.
Entre tanto, el presidente Petro siguió siendo protagonista. Un elemento recurrente de estas dos semanas fue la dificultad de Iván Cepeda para independizarse políticamente del Jefe del Estado. Aunque la campaña intentó construir una identidad propia, buena parte del debate público siguió girando alrededor del Gobierno actual, sus logros, sus controversias y las intervenciones constantes del Presidente en la discusión política.
En la práctica, la segunda vuelta terminó pareciéndose a un plebiscito sobre el petrismo: Quienes respaldan al Gobierno se alinearon con Cepeda y los rechazan al Gobierno se concentraron alrededor de De la Espriella ,lo que redujo considerablemente el espacio para los matices.
De otro lado, el centro volvió a demostrar su debilidad electoral. Otro fenómeno llamativo fue la rápida fragmentación de los sectores de centro. Tras la primera vuelta no surgió una figura o movimiento capaz de convertirse en árbitro de la elección. Los respaldos se dispersaron y la discusión terminó absorbida por la polarización tradicional entre petrismo y antipetrismo. La conclusión es incómoda para ese sector político por cuanto aunque sigue teniendo influencia mediática, pero cada vez es menos capacidad de definir resultados.
La campaña estuvo marcada por discusiones sobre símbolos patrios, tutelas, seguridad de los candidatos, estrategias digitales y polémicas en redes sociales. Sin embargo, los grandes debates temáticos fueron escasos. Los temas estructurales —economía, salud, seguridad, energía, educación— quedaron muchas veces relegados frente a la confrontación política diaria. En términos periodísticos, fue una campaña rica en episodios y pobre en deliberación programática.
Durante esta última semana tres preguntas definirán la elección. A siete días de las urnas, la campaña entra en una fase distinta.
¿Puede Cepeda ampliar su base más allá del petrismo? La moderación de su discurso parece orientada precisamente a ese objetivo.
¿Logrará De la Espriella conservar la ventaja que le muestran las encuestas? Los sondeos publicados antes de la veda le otorgan una ventaja relativamente consistente, aunque no definitiva.
¿Qué tan alta será la participación? Históricamente, las segundas vueltas suelen definirse más por quién logra movilizar a sus votantes que por cambios masivos de opinión.
En conclusión, la segunda vuelta colombiana dejó de ser una disputa entre proyectos radicalmente distintos y se convirtió en una competencia por parecer más moderado, más confiable y menos riesgoso para los votantes indecisos.
Paradójicamente, mientras el discurso público se volvió más confrontacional, los candidatos terminaron acercándose al centro. La pregunta que responderán las urnas el próximo 21 de junio es cuál de los dos logró hacerlo con mayor credibilidad.
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