Barranquilla logró lo que parecía imposible durante más de un siglo: dejar de ser una ciudad dominada por los arroyos que durante décadas se cobraron vidas y paralizaron la vida urbana. Tras una inversión superior a los 710.000 millones de pesos en obras de canalización ejecutadas desde 2015 y 2016, el impacto de las lluvias se redujo drásticamente, aunque los arroyos no han desaparecido por completo. Hasta octubre de 2025, el proyecto Arroyos de Barranquilla documentó al menos 117 muertes relacionadas con estas corrientes, la mayoría de hombres menores de 40 años y peatones que fueron arrastrados por caudales que llegaban hasta 150 metros cúbicos por segundo y velocidades superiores a los seis metros por segundo.
El desarrollo de Barranquilla sobre una llanura aluvial en conexión directa con el río Magdalena fue el origen del problema. El crecimiento urbano acelerado, la pérdida de áreas permeables y la ausencia de un alcantarillado pluvial eficiente provocaron que cerca del 80 por ciento del agua lluvia escurriera superficialmente, formando arroyos peligrosos. El geólogo Humberto Ávila explicó que esa condición geológica e hidráulica convirtió a la ciudad en un territorio particularmente vulnerable. Fue precisamente ese diagnóstico el que impulsó a la administración local, con el respaldo de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA), a emprender un plan ambicioso de canalización que transformó corredores críticos como los arroyos La Felicidad, Carrera 21, Calle 76, Carrera 65, Hospital y Calle 92.
Obras que cambiaron la historia urbana
Las inversiones específicas dan cuenta de la magnitud del proyecto: el arroyo La Felicidad recibió más de 198.000 millones de pesos; la Carrera 21, más de 163.000 millones; y el arroyo Hospital, cerca de 130.000 millones. Estas obras permitieron recuperar sectores antes considerados de alto riesgo y devolvieron la movilidad a una ciudad que, durante décadas, se paralizaba cada vez que llovía. El ingeniero hidráulico de la CRA, Ignacio de la Hoz, recordó cómo era la vida antes de las canalizaciones: «Llovía y la gente se quedaba en la casa. El que salía cuando estaba lloviendo era el que no era de aquí».
«Barranquilla dejó de ser la ciudad dominada por los grandes arroyos, pero no dejó de tener arroyos. Lo que cambió fue nuestra capacidad para manejarlos»
Nelson Rangel-Buitrago, geólogo
El geólogo Nelson Rangel-Buitrago, quien ha estudiado la evolución del fenómeno, señaló que la transformación fue posible gracias a la intervención en los corredores más peligrosos, aunque advirtió que persisten zonas de riesgo en sectores como Don Juan, Salao y la red de arroyos del occidente de la ciudad. Las canalizaciones no eliminaron los arroyos, sino que los convirtieron en corrientes superficiales manejables, reduciendo la amenaza de muerte y la paralización que durante generaciones marcó el ritmo de Barranquilla.
Una cultura marcada por el agua
Más de la mitad de los fallecimientos registrados se produjeron por contacto directo con las corrientes, en ocasiones durante actividades recreativas o intentos de rescate. Ejemplo de ello fue la muerte de un estudiante arrastrado por el arroyo de la calle 84, una de las tragedias que quedaron grabadas en la memoria colectiva. Los arroyos formaban parte de la identidad cultural barranquillera; frases populares y relatos locales daban cuenta de la resignación ante la fuerza del agua. Sin embargo, las generaciones actuales crecen sin el temor que marcó a sus padres y abuelos, gracias a las obras que cambiaron la relación de la ciudad con la lluvia.
El desafío ahora es mantener y ampliar estas intervenciones frente al cambio climático y el crecimiento urbano continuo. La transformación de Barranquilla demuestra que una inversión planificada y sostenida puede revertir décadas de tragedias, aunque la naturaleza nunca termina de domesticarse por completo.












