Desde una pequeña escuela creada en 2021 en San José del Guaviare, en la amazonía colombiana, Angie Tatiana Muñoz ha convertido la robótica en una herramienta para despertar vocaciones, abrir oportunidades a miles de niños y niñas de una de las regiones más golpeadas por el conflicto armado
Por JORGE QUINTERO*
Cuatro niños se esconden detrás de un árbol y se apuntan con palos que simulan ser armas. Otros corren detrás de un muro y se gritan: «¡te maté…te maté!». Tendrían siete u ocho años. Tatiana Muñoz presenció la escena en 2020 desde la ventana de su apartamento alquilado, en sus primeras semanas en San José del Guaviare, capital de un departamento del sur de Colombia marcado durante décadas por la guerra.
Un día los abordó con lo único que tenía a mano: un kit de robótica que la acompaña desde la adolescencia. Les pidió que trajeran botellas plásticas y cartón. Con servomotores y un sensor de proximidad, las botellas terminaron con manos y pies que se movían cuando alguien acercaba la palma. Sorprendidos, los niños preguntaron cómo esto era posible y ella los citó el sábado siguiente. Empezaron cuatro y terminaron siendo setenta y cinco.
Así nació Science Bot, la primera escuela de robótica de San José del Guaviare. Cinco años después, cuenta con siete profesores, impresoras 3D, una sede y alumnos que se conectan desde España y Australia. Tatiana había dibujado el logo a los doce años, en un cuaderno escolar en Usme, una localidad popular del sur de Bogotá. Mucho antes de saber dónde quedaba el Guaviare y de que alguien le cambiara el rumbo a su vida.
El aula móvil
Durante dos años, Science Bot no tuvo sede. Fue un viejo Renault 4 rojo cargado de computadores usados. “Le decíamos ‘la amenaza roja’, pero en realidad era un aula móvil”, cuenta. Llegaban a un barrio, descargaban mesas y sillas, daban clase y volvían a cargar. Cuando no conseguían un espacio prestado, la clase se daba en la calle.
Con dos millones de pesos (unos 600 dólares) que le prestó su familia, Tatiana compró cuatro computadores de segunda mano y tres kits de robótica. A finales de 2022 por fin, la escuela tuvo sede propia.
Hoy trabaja con varios colegios de San José y llega a lugares sin conexión a Internet. En un territorio indígena, enseña astronomía a los niños del pueblo Jiw. En el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Colinas, donde viven excombatientes de las FARC-EP que firmaron el Acuerdo de Paz de 2016, crearon invernaderos inteligentes, y les donaron unos kits de robótica con apoyo de la Misión de la ONU. En cinco años, la escuela ha formado a más de 6.000 niños. Pero ninguna cifra explica lo que pasa adentro.
Los alumnos

Juan Esteban Gómez fue el primer alumno. Llegó a los nueve años, sin la menor idea de robótica. Hoy, con 16 años, compite internacionalmente con un pequeño barco robot que navega los humedales de San José y mide la calidad del agua de la que beben comunidades indígenas. Los datos llegan a una aplicación que permite detectar cambios y posibles fuentes de contaminación.
La carcasa del barco la imprimió en 3D con filamento de plástico reciclado, gracias a un emprendimiento propio con el que también fabrica juguetes y prótesis. Este año presentó el proyecto en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y pronto lo llevará a Perú. Estudia programación en el SENA, la institución pública de formación técnica de Colombia, y ya es profesor de la escuela.
“El Guaviare ha estado muy estigmatizado por la violencia, pero gracias al trabajo de la escuela hemos sido campeones nacionales e internacionales de robótica. Hoy estoy seguro de que quiero dedicar mi vida a la robótica”, dice.
La NASA
Zully Romero empezó a ir a la escuela a los diez años. Sus padres, mecánicos de motos, la llevaban cada sábado desde una zona rural, a una hora y media por una carretera sin pavimentar. Cuando no podían llevarla, ella se venía sola, de madrugada. Tatiana la exoneró de pagar la mensualidad de 80.000 pesos (unos 25 dólares).
“Era una niña muy tímida, que uno la saludaba y se agachaba”, recuerda Tatiana. Eso cambió cuando Zully empezó a presentar sus proyectos de ciencia. Una prótesis para un perro que había perdido una pata la llevó a una competencia en México. Después fue seleccionada, entre miles de aspirantes de América Latina, para el programa Ella es Astronauta de la Fundación She Is, que lleva a niñas a entrenamientos en el Centro Espacial Johnson de la NASA. Allí ocupó el primer puesto. Hoy tiene 16 años y estudia mecatrónica, con una beca en una universidad de Bogotá.

“La profesora Angie Tatiana no solo transformó mi vida, sino también la de muchos niños en Guaviare. Ella y la robótica, no solo me enseñaron de tecnología: me enseñaron a creer en mí”, dice Zully. Antes que ella Valeria Vega había sido la primera niña del Guaviare en llegar a Huston.
En las oficinas de Bogotá pueden hablar de paz y conflicto, pero no lo han vivido acá”, dice Angie Tatiana. “Yo vivía en Bogotá y también decía: el conflicto armado… Pero llegué a zonas del Guaviare donde vi jóvenes con armas en la calle como si nada. Eso es vivir en conflicto. Imagínese el entorno de esos niños”.
Sin buscarlo, se ha convertido en una agente de paz en su comunidad. Su trabajo llegó incluso al Congreso, donde se tramita un proyecto de ley para que la robótica sea materia obligatoria en todos los colegios del país.
“La robótica me salvó la vida”

A los doce años, sin embargo, Tatiana Muñoz iba camino a otro destino: “Me da vergüenza decirlo porque soy educadora, pero en esa época me estaba dejando llevar por los vicios de la calle”.
A su colegio llegó entonces una profesora, Yeny Barrantes, que insistió en que entrara a sus clases de robótica. ‘Usted es buena, inténtelo’, y Tatiana terminó por aceptar. Hoy, cuando se encuentran en competencias nacionales, se lo dice sin dudar: ‘tú me salvaste, acá estoy gracias a ti’. Desde entonces, intenta hacer con otros niños lo que Yeny hizo con ella.
A los 18 años viajó a Argentina, donde estudió robótica y luego ciencias ambientales. Al Guaviare llegó de vacaciones con apenas cinco mudas de ropa y su kit de robótica, pero le dio COVID-19 y se quedó sin dinero para regresar a Bogotá. Sobrevivió unos meses dando clases virtuales a estudiantes argentinos, que le pagaban lo justo para cubrir los 200.000 pesos que pagaba de arriendo (unos 60 dólares). Desde ese apartamento fue donde vio a los niños jugar a la guerra.
Otras oportunidades
Una vez, en una zona rural, Tatiana hizo la pregunta con la que abre todas sus clases. No pregunta qué quieres ser —“porque ya somos”—, sino qué te gustaría estudiar. Un niño le respondió que no pensaba en estudiar, porque sabía que no iba a poder; quería ser militar. Otro, desde el fondo del salón, dijo: ‘pues yo voy a ser guerrillero y te voy a matar’. Escenas como esa son las que la mantienen en pie. “Quiero que tengan otras oportunidades”, dice.
“Lo que hace Angie Tatiana demuestra que construir paz también significa ampliar las oportunidades para los niños y jóvenes de los territorios más afectados por el conflicto. Desde la Misión hemos acompañado este esfuerzo facilitando su llegada a los Espacios de Reincorporación y a comunidades rurales de difícil acceso, porque su iniciativa ayuda a que más niños descubran que su futuro puede construirse desde el conocimiento, la creatividad, la innovación y en la legalidad”, dice Rui Flores, jefe de la oficina regional de la Misión de Verificación de la Onu en Guaviare.
En las competencias nacionales, los niños de Science Bot compiten con colegios de élite, que llegan con robots metálicos de última generación. Ellos llevan robots de cartón y material reciclado, y aún así han ganado varias veces. Cada viaje es un sacrificio: el dinero sale de rifas y de pequeños aportes de empresarios locales y del gobierno departamental.
Muchas veces no alcanza. Hace poco llegó una invitación para llevar a un grupo de alumnos a la NASA. El viaje está financiado, pero la visa, no. De los 40 niños que tenían cupo quedan 20: los demás se retiraron porque no tenían los 250 dólares que cuesta el trámite. Tatiana sigue tocando puertas. La mayoría de sus alumnos son de bajos recursos, como Juan, de 12 años, que cada sábado pedalea dos horas para llegar a clase.

Una herramienta de paz
Para Tatiana, la robótica no es una promesa lejana, sino una herramienta para resolver problemas del presente: un barco que mide la contaminación del agua, un invernadero inteligente para los hijos de firmantes de paz, una estación meteorológica que ayuda a entender por qué se están borrando unas pinturas rupestres en Guaviare, de unos 12.000 años de antigüedad.
En marzo, invitada a la sede de la ONU en Nueva York, definió su trabajo como una metodología para la paz. Pero quizá la mejor explicación esté en Guaviare, cada sábado, cuando un niño pedalea dos horas para llegar a su clase de robótica.
Tal vez esa sea la verdadera medida de impacto de Science Bot: no los premios ni los viajes a la NASA, sino la decisión de un niño —de muchos niños— del Guaviare de imaginar un futuro distinto.
*Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia










