Antonio Navarro Wolff: El faro democrático que transformó la guerra en la Constitución del 91

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La historia contemporánea de Colombia es incomprensible sin la figura de Antonio Navarro Wolff.

Su vida es, en muchos sentidos, la metáfora perfecta de las tragedias y las esperanzas de una nación que ha buscado incansablemente la paz

Momento histórico que transformó a Colombia. Aquí nació la Constitución de 1991 que hoy nos rige. Aquí los presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente: Álvaro Gómez Hurtado, Antonio Navarro Wolf y Horacio Serpa Uribe

Por Redacción de LA VEINTITRÉS

Desde sus días como ingeniero sanitario hasta convertirse en uno de los arquitectos de la Constitución de 1991, Navarro Wolff ha caminado —con un pragmatismo inquebrantable y una vocación de servicio a toda prueba— el difícil trayecto que separa la lucha armada del debate democrático.

Hoy, al repasar su trayectoria, emerge el perfil de un estadista que demostró que el verdadero coraje no radica en empuñar las armas, sino en tener la valentía de silenciarlas para construir un país desde la diferencia.

El ingeniero que creyó en la revolución

Nacido en Pasto, Nariño, en 1948, Navarro parecía destinado a una brillante carrera académica. Se graduó como ingeniero sanitario en la Universidad del Valle, con especializaciones en la Universidad de Loughborough en Inglaterra y estudios en la Fundación Rockefeller. Era un hombre de ciencia, de cifras y estructuras. Sin embargo, las profundas desigualdades sociales de la Colombia de los años 70 y 80 lo empujaron a buscar respuestas fuera de la academia.

Su ingreso al Movimiento 19 de Abril (M-19) marcó su entrada a la clandestinidad. Dentro de la guerrilla, Navarro se distinguió no tanto por un radicalismo dogmático, sino por una visión política estructurada. Su inteligencia analítica lo posicionó rápidamente en la cúpula de la organización. Sin embargo, la guerra le cobraría un precio devastador. En 1985, un atentado con una granada en Cali estuvo a punto de costarle la vida. Perdió la pierna izquierda y sufrió graves daños en su maxilar y cuerdas vocales, dejándole la voz rasgada y pausada que, paradójicamente, se convertiría en uno de sus sellos de identidad más reconocidos.

Lejos de llenarlo de resentimiento, la tragedia física pareció cimentar en él una convicción inamovible: la violencia no era el camino.

El relevo trágico: De Pizarro al liderazgo de la paz

Para comprender la magnitud de la responsabilidad que asumió Navarro, es necesario detenerse en su relación con Carlos Pizarro Leongómez, el último comandante en jefe del M-19. Pizarro era el magnetismo, la retórica envolvente y el símbolo romántico de la guerrilla que firmó la paz en marzo de 1990. Navarro, por su parte, era el estratega frío, el cerebro analítico y el hombre de las estructuras. Se complementaban de manera perfecta.

Cuando Pizarro fue asesinado en un avión comercial el 26 de abril de 1990 —apenas unas semanas después de dejar las armas y siendo candidato presidencial—, el proceso de paz enfrentó su hora más oscura. El dolor y la rabia amenazaban con devolver a cientos de excombatientes a la clandestinidad. Fue en ese vacío de poder, al borde del abismo, donde emergió la verdadera templanza de Navarro Wolff.

Asumió la candidatura presidencial por la recién creada Alianza Democrática M-19 mientras cargaba el féretro de su amigo. Su mensaje fue claro: el asesinato de Pizarro no iba a destruir el sueño por el que habían entregado las armas. «La paz no tiene reversa», sentenció. Navarro canalizó la indignación hacia las urnas, logrando un histórico tercer lugar en las elecciones presidenciales de 1990. Transformó el luto en mandato democrático y sentó las bases directas para el arrasador triunfo de su movimiento meses después.

La Constituyente del 91 y el abrazo de los opuestos

Ese mandato popular le entregó a la AD M-19 la mayor votación para la Asamblea Nacional Constituyente, con 19 escaños. Pero para dimensionar el peso histórico de lo que allí ocurrió, hay que retroceder a 1988, cuando el M-19 secuestró a Álvaro Gómez Hurtado, el máximo líder del conservadurismo en Colombia. Ese acto de guerra sembró una de las paradojas más hermosas y potentes de nuestra historia política: apenas tres años después, el movimiento guerrillero que lo había privado de la libertad y el inmolado estadista de derecha se sentarían a presidir, juntos, la redacción de un nuevo país.

Ante la imposibilidad de elegir a un solo presidente que representara la pluralidad de esa asamblea ciudadana, se acordó una improbable trinidad democrática: Antonio Navarro por la izquierda desmovilizada, Álvaro Gómez Hurtado por la disidencia conservadora y Horacio Serpa Uribe por el oficialismo liberal.

La imagen de Navarro y Gómez Hurtado compartiendo el mallete presidencial en el centro de convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada se convirtió en el símbolo supremo de la reconciliación nacional. Allí estaban sentados el antiguo secuestrador institucional y el secuestrado; el revolucionario socialista y el conservador doctrinario. En lugar de cobrarse deudas de sangre, ambos demostraron una grandeza espiritual que el país rara vez había presenciado. Gómez Hurtado aportó el rigor jurídico, mientras Navarro inyectó la urgencia social y la defensa de los derechos fundamentales. Encontraron consensos donde antes solo había balas y esculpieron el artículo más invisible pero más importante de la Constitución de 1991: el perdón como herramienta política fundacional.

El espíritu del 91 en la provincia: Pasto y Nariño

Esa visión de un Estado moderno y participativo no se quedó en la teoría. Cuando Navarro decidió regresar a su tierra natal para ser alcalde de Pasto (1995-1997) y más tarde gobernador de Nariño (2008-2011), convirtió la Carta Magna en su manual de gobierno.

La Constitución del 91 había consagrado la «democracia participativa», y Navarro la materializó creando los presupuestos participativos a través de cabildos abiertos. Llevó la administración a los barrios y veredas, permitiendo que las comunidades votaran y priorizaran sus propias obras. Desmitificó los temores hacia la izquierda gobernando no con discursos incendiarios, sino como el ingeniero que nunca dejó de ser: con mapas, metas de ejecución y una austeridad franciscana. Se hizo célebre por madrugar a las obras, revisar personalmente el grosor del asfalto e instaurar urnas de cristal para la contratación pública.

Al final de sus mandatos, fue calificado como el mejor alcalde y el mejor gobernador del país, demostrando que el verdadero poder de la Constitución residía en la capacidad de transformar la vida cotidiana en las regiones.

Un legado de coherencia

Antonio Navarro Wolff representa la política de la decencia. En un país frecuentemente atrapado en la polarización y los discursos de odio, su figura se erige como un puente. Su paso por ministerios, alcaldías, gobernaciones y el Senado de la República ratifican su perfil de hombre de Estado.

Para las nuevas generaciones y para el periodismo que documenta el día a día de la nación, Navarro no es solo un personaje de los libros de historia reciente. Es un referente ético. El hombre que entregó las armas para tomar la palabra, que cambió la revolución por la Constitución, y que le enseñó a Colombia que la verdadera audacia política reside en la capacidad de perdonar, dialogar y construir.

Fotos: Redes Sociales

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