Carteles colombianos usan barcos y aviones para enviar más cocaína a EE.UU.

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Los carteles del narcotráfico han transformado radicalmente sus métodos para enviar cocaína a Estados Unidos, abandonando en gran medida las tradicionales lanchas rápidas para recurrir a barcos de mayor calado, aeronaves que despegan desde pistas clandestinas en la frontera colombo-venezolana y semisumergibles de última generación. Así lo revela un informe de la Administración para el Control de Drogas (DEA) citado por The Washington Post, en medio de un contexto alarmante: la producción de cocaína en Colombia se ha disparado a máximos históricos, con un área de cultivo que se triplicó entre 2014 y 2024, superando los 3.800 kilómetros cuadrados, y una fabricación que se cuadruplicó hasta alcanzar las 4.100 toneladas anuales en el mismo período.

Funcionarios del Pentágono y de la DEA, cuyas identidades se mantienen en reserva, explicaron que la llamada Operación Lanza del Sur —la principal iniciativa militar estadounidense contra el narcotráfico marítimo, defendida por la administración Trump— ha logrado presionar un eslabón del negocio, pero no ha conseguido reducir la oferta. Por el contrario, según un alto funcionario de seguridad colombiano que habló bajo anonimato, “hubo un efecto en un tipo de transporte. Los obligó a buscar otros métodos. Ahora han aumentado las salidas por puertos y el almacenamiento en barcos grandes”. La lógica es simple, en palabras de un oficial de inteligencia naval ecuatoriano también anónimo: “El negocio es tan extraordinariamente rentable que los carteles no tienen inconveniente en pagar costos de envío cinco o diez veces más altos”.

Nuevas rutas y estrategias de evasión

El informe detalla que los traficantes han diversificado sus corredores hacia Estados Unidos. Desde la región Caribe colombiana y especialmente La Guajira, donde pagan a funcionarios locales para conocer la ubicación de los buques de la Armada estadounidense, los cargamentos salen ahora en embarcaciones comerciales de gran tamaño que se internan en alta mar, reduciendo el riesgo de ser interceptados. Desde la frontera con Venezuela, aeronaves cargadas con droga vuelan hacia Guyana y Surinam, países que sirven como puntos de tránsito antes de llegar a Florida. Allí, el precio del kilo de cocaína ha caído un 50% en los últimos cinco años, situándose entre 13.000 y 15.000 dólares, una clara señal de que la oferta es abundante a pesar de las operaciones militares.

Un comandante de la Guardia Costera de Estados Unidos, también anónimo, sentenció con ironía: “Los contrabandistas llevan 400 años trayendo mercancía a Florida. No van a parar”. La afirmación de la administración Trump de que el tráfico marítimo de drogas se redujo en un 98% es refutada por los datos y analistas. El general Francis L. Donovan, comandante militar estadounidense, reconoció que los ataques a lanchas rápidas “probablemente no son la herramienta más efectiva”. Un funcionario de la DEA resumió la situación con una metáfora: “Cuando aprietas el globo por un lado, siempre se expande por el otro. Siempre encuentran los puntos débiles y los explotan”.

El costo humano de la bonanza cocalera

El economista Xinming Du, de la Universidad Nacional de Singapur, ha vinculado directamente la producción en Colombia con las muertes por sobredosis en Estados Unidos. Según sus estudios, entre 1.000 y 1.500 personas fallecen cada año en ese país a causa del auge de la cocaína colombiana. “La producción en origen en Colombia es el factor de oferta más directamente vinculado a las muertes por sobredosis en EE.UU.”, afirmó Du. La pureza de la droga decomisada se mantiene en niveles altos, lo que indica que no se está adulterando a pesar del incremento en el flujo.

“Saben que, aunque EE. UU. destruya una lancha, logran pasar diez semisumergibles u otras lanchas rápidas que evaden la detección”.

Oficial de inteligencia naval ecuatoriano (anónimo)

Desde la Casa Blanca, un portavoz anónimo insistió en que “estas medidas no solo han eliminado a los narcoterroristas, sino que también han disuadido a otros de intentar traficar drogas hacia nuestro país”. Sin embargo, el Pentágono y la DEA discrepan en privado. La realidad es que el tráfico se ha adaptado, y la cocaína sigue fluyendo. Mientras Colombia mantiene el liderazgo mundial como productor, con una superficie de cultivo que ya supera los 3.800 kilómetros cuadrados, los carteles demuestran que su capacidad de innovación logística es tan letal como su negocio es extraordinariamente rentable.

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