El idioma universal del balón que une a todo un país
Noventa minutos para recordar que seguimos siendo un solo país
Por Redacción de LA VEINTITRÉS



Tres gritos de gol que paralizaron a un país: Jáminton Campaz, Lucho Díaz y Daniel Muñoz (fotos @fcfseleccióncol)
La fiesta de la Selección Nacional no comenzó con el pitazo inicial, sino un día antes, cuando la marea amarilla se tomó el corazón de la Avenida Reforma. En torno a la emblemática figura del Ángel de la Independencia, miles de colombianos se encontraron en un abrazo fraterno, transformando el asfalto extranjero en un carnaval de tambores, banderas al viento y cantos que anticipaban lo que estaba por venir. El preludio perfecto para el fin de una larga espera: tras ocho años de silencios y ausencias, la camiseta Tricolor estaba de vuelta en la máxima cita del fútbol.
Esa energía desbordada se trasladó al día siguiente al coloso de cemento. Un estadio imponente, colmado por 80 mil almas donde la inmensa mayoría vestía con orgullo el amarillo patrio. El momento cumbre de esa comunión llegó con las notas del himno nacional. Cantado a todo pulmón por una multitud que desahogaba años de nostalgia, la emoción fue tan sobrecogedora que, en la cancha, varios de los jugadores no pudieron contener el llanto. Sus lágrimas, captadas por las pantallas del mundo, reflejaron el peso de la historia y lo que significa el fútbol para la identidad de Colombia.
Sin embargo, el regreso exigió pagar el derecho de piso. Los primeros minutos se consumieron en medio de un nerviosismo flotante, palpable en cada pase corto y en la natural tensión de un debut. Al frente, el rival no llegó a proponer; llegó a resistir. Con las líneas agrupadas en su propio campo, el oponente levantó una muralla que parecía inquebrantable, un cerrojo de piernas diseñado para desesperar el talento nacional.
Pero el equipo de Néstor Lorenzo no perdió la cabeza. Poco a poco, con paciencia de artesano, se fue asentando en el terreno de juego. El balón comenzó a circular con mayor fluidez, los espacios aparecieron y llegaron las primeras escaramuzas en el área contraria. La muralla empezó a agrietarse hasta que, en el minuto 41, el grito contenido explotó: Daniel Muñoz apareció con la fe de los que creen hasta el final para romper el candado y firmar el 1-0. Las tribunas vibraron con una fuerza contenida por casi una década. Con la ventaja, llegó el descanso.
El paso por los camerinos, sin embargo, trajo un exceso de calma. En el segundo tiempo, Colombia pareció adormecerse, cediendo la iniciativa a un rival que vio la rendija abierta. Al minuto 60, tras una seguidilla de errores encadenados en la zaga defensiva, llegó el baldado de agua fría: el gol del empate que enmudeció por unos instantes a la marea amarilla.

Este es el once titular que saltó a la cancha después de ocho años a defender los colores de Colombia en un Campeonato Mundial de Fútbol. Arriba: Monica, Sánchez, Vargas, Lerma, Locumí y Suárez. Abajo: Arias, Rodríguez, Díaz, Muñoz y Puerta. ( Foto: FCF )
Pero este equipo tiene memoria y carácter. El golpe, lejos de noquearlo, lo despertó de inmediato. La reacción llegó desde el corazón del mediocampo, donde Gustavo Puerta batalló, mordió y robó una pelota providencial. Con la visión de los grandes directores de orquesta, habilitó al espacio a Luis Díaz, quien entró al área con esa velocidad indomable que lo caracteriza para fusilar las redes. Era el 2-1 y el regreso de la locura a la tribuna.
La parte final del encuentro demandó otra faceta: la de saber sufrir. Con el rival jugado al ataque y encima de los predios colombianos, emergió la frescura de la renovación. Dos de las nuevas figuras de esta generación se vistieron de héroes para liquidar el pleito con una jugada magistral. Juan Camilo ‘El Cucho’ Hernández peleó una pelota dividida en el sector derecho, la ganó a puro lomo y orgullo, y levantó un centro preciso al corazón del área. Allí, suspendido en el aire, Jaminton Campaz conectó un cabezazo letal que sentenció el 3-1 definitivo.
Sonó el pitazo final y el desahogo fue total. Colombia está de vuelta en el club de los grandes de la mano de un recambio generacional que pisa fuerte. Más allá de la táctica y los tres valiosos puntos, la jornada demostró la inmensa dimensión de este deporte: en un país históricamente fragmentado y sumido en una profunda polarización política, el balón demostró ser el único idioma universal capaz de sentar a los contradictores en la misma mesa. En un día de lágrimas, cantos y abrazos compartidos, no hubo bandos; fuimos, simplemente, una sola Colombia unida bajo una misma bandera.
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