Por primera vez en una década, las estadísticas globales de desplazamiento forzado dieron un leve respiro. El más reciente informe de tendencias de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) reportó una disminución a nivel mundial, cerrando la cifra en 117.8 millones de personas desarraigadas
Sin embargo, detrás del optimismo de los titulares internacionales se esconde una paradoja agridulce, y el epicentro de esa contradicción tiene nombre propio: Colombia

Mientras continentes enteros registran retornos históricos de poblaciones hacia sus países de origen —muchas veces bajo condiciones de extrema precariedad—, Colombia consolida una dualidad humanitaria sin precedentes. El país no solo se mantiene firmemente a la vanguardia global como el principal receptor de refugiados y migrantes del planeta (albergando a 2.8 millones de personas, principalmente provenientes de Venezuela), sino que asiste al recrudecimiento silencioso y doloroso de su propia tragedia histórica: el desplazamiento interno forzado.
A nivel macro, el descenso del 3% en la población refugiada global (que bajó a 41.6 millones) se explica por una ola masiva de retornos. Cerca de 14.7 millones de personas regresaron a sus hogares en el último año (10.3 millones de desplazados internos y 4.4 millones de refugiados), concentrados en puntos neurálgicos como Afganistán, Siria y Sudán.
No obstante, el propio Alto Comisionado de las Naciones Unidas lanzó alertas grises sobre este fenómeno: la gran mayoría de estos retornos no se están dando por mejoras sustanciales en la paz o la economía, sino por la asfixia de la ayuda humanitaria en los países de acogida. La gente regresa a infraestructuras totalmente destruidas porque ya no tiene qué comer afuera. Además, el 70% de los refugiados del mundo sigue atrapado en situaciones de desplazamiento prolongado. En nuestra región, esa tendencia al retorno no se ve; el flujo y el arraigo de la población venezolana en suelo colombiano se mantiene estable, superando la capacidad de absorción institucional de ciudades y municipios.
Con sus 2.8 millones de ciudadanos bajo necesidad de protección internacional, Colombia encabeza una lista de solidaridad que desborda sus capacidades económicas, superando a potencias y receptores históricos como Alemania (2.7 millones), Turquía (2.4 millones) y Uganda (1.9 millones).
La llaga interna: El peor pico en diez años
El verdadero contraste surge al mirar hacia adentro. Los datos recopilados por el Reporte Global sobre Desplazamiento Interno (GRID) y las agencias en terreno pintan un panorama interno alarmante. Lejos de la tendencia mundial al retorno, el desplazamiento forzado dentro de las fronteras colombianas ha alcanzado su punto más crítico en una década, acumulando cerca de 4.8 millones de personas en condición de desplazamiento interno según las métricas de la ONU.
Las dinámicas del conflicto armado han mutado. Ya no se trata de los grandes combates de finales del siglo pasado entre las Fuerzas Militares y las guerrillas hegemónicas. Hoy, las comunidades rurales y semirurales del país se despostillan por dinámicas más complejas y difíciles de rastrear: el confinamiento forzado de pueblos enteros, el control territorial microscópico de bandas criminales y disidencias, las disputas sangrientas por los corredores de las economías ilícitas y una de las alarmas más graves del último lustro: el incremento del reclutamiento forzado de menores, que según agencias como UNICEF ha escalado de manera dramática.
Zonas como el Catatumbo, el pacífico nariñense y el sur de Bolívar siguen expulsando familias enteras hacia las capitales.
Solidaridad operando al límite financiero
Un factor que tiene muy encuesta ACNUR en su informe es la asfixia económica. El modelo colombiano de atención y estabilización —que pasó de la emergencia a intentar una integración económica real— está operando con las uñas. A la fecha, el Plan de Respuesta Humanitaria de la ONU para Colombia apenas ha logrado recaudar el 11% de los fondos internacionales requeridos para este año.
La comunidad internacional ha desviado su atención y sus billeteras hacia otras crisis mediáticas globales, dejando a los países de América Latina con la responsabilidad de resolver problemas estructurales a largo plazo con presupuestos de urgencia. Colombia está atrapada en esa pinza: siendo el escudo de contención y el hogar de millones que huyen de la crisis vecina, mientras gasta sus propios recursos intentando apagar el incendio de un conflicto interno que se niega a formar parte de las estadísticas de paz del resto del mundo.
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