Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
El futbol mueve pasiones. El dinero mueve el futbol.
Tiene dos almas: la del pueblo, con la pelota en la cancha; y la de los dirigentes, pateando el cuero en las sombras.
En el mundial, estadios llenos y escándalos arbitrales. Con voluminosas cuentas bancarias por derechos de transmisión, publicidad, taquillas, gobiernos arrodillados, viajes suntuosos y el poder que dan los votos.
Es la codicia que domina el juego.
Con manipulaciones desde el reglamento, los abusos dictatoriales, con calendarios inhumanos y condiciones extremas para los futbolistas, exprimidos hasta la fatiga, convertidos en máquinas.
El apetito de dinero, sin pudor.
El fútbol que divide la sociedad, que sacia apetitos pasionales, que iguala por un día, en cada partido, a los ricos y a los pobres, con uno o diez o veinte, dictadores en la dirigencia.
El futbol, que exige confianza y transparencia, que, en contraste, se pierde en los laberintos del juego sucio, aunque predica el juego limpio.
También el regreso a la infancia o el placer del estadio, como juego infinito. La religión sin ateos, o los 22 locos persiguiendo un balón.
La industria que compra conciencias y vende decencia, que convierte el estadio en una mina de oro, y a los futbolistas en esclavos o marionetas del poder.
El arte de lo imprevisto y lo espontáneo sometido a los intereses que se mueven a la sombra.
El fútbol, que es popular, como dijo Borges el escritor, sin ocultar su desprecio, porque la estupidez es popular, cada vez se aleja de los estadios y deja de ser del pueblo.
Las reflexiones de escritores, filósofos, periodistas y pensadores, coinciden en una paradoja: el futbol despierta las pasiones más nobles y las miserias más profundas. Nos une y nos divide. Nos eleva y nos degrada.
No. El futbol no es estúpido. Estúpidos son quienes, por poder, por dinero o fanatismo, lo deforman hasta hacerlo irreconocible.
Esteban J










