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El poder que casi nadie mira

Por SIMÓN RAMÍREZ GONZÁLEZ*

Cada cuatro años, cuando se eligen los dignatarios de las Juntas de Acción Comunal, cientos de ciudadanos aceptan un reto silencioso: representar a sus vecinos sin salario, sin grandes reflectores y, muchas veces, sin el reconocimiento que merecen.

Mientras la atención pública suele concentrarse en las elecciones presidenciales, de gobernadores, alcaldes o congresistas, existe otra democracia que funciona todos los días, en la cuadra, el barrio y la vereda. Es la democracia que resuelve problemas cotidianos antes de que lleguen a un escritorio oficial.

En Manizales acaba de iniciar un nuevo período para las Juntas de Acción Comunal. Más de 2.100 dignatarios asumirán la responsabilidad de representar a sus comunidades durante los próximos cuatro años. Detrás de esa cifra hay miles de horas de trabajo voluntario y un enorme compromiso con la ciudad.

Sin embargo, resulta paradójico que quienes conocen de primera mano las necesidades de cada sector sean, al mismo tiempo, algunos de los líderes menos escuchados en la discusión pública.

Las Juntas de Acción Comunal son mucho más que una organización vecinal. Son el primer escenario donde la ciudadanía aprende a deliberar, a organizarse y a construir acuerdos. Allí la política deja de ser una discusión ideológica para convertirse en acciones concretas: mejorar un parque, recuperar una vía, fortalecer la seguridad, impulsar actividades culturales o gestionar soluciones para los problemas del barrio.

Quien aspire a comprender una ciudad debería empezar por escuchar a sus líderes comunales.

Con frecuencia hablamos de participación ciudadana como si fuera un concepto abstracto. Pero la participación tiene rostro. Tiene nombres, familias y personas que dedican parte de su tiempo libre a servir a otros, aun sabiendo que las críticas casi siempre superan a los reconocimientos.

No significa que las Juntas estén exentas de dificultades. Como cualquier institución, enfrentan desafíos relacionados con la renovación de liderazgos, la formación, la transparencia y la participación de las nuevas generaciones. Precisamente por eso necesitan más ciudadanos comprometidos, no menos.

La democracia no se fortalece únicamente con buenos gobernantes. También necesita comunidades organizadas, ciudadanos que participen y liderazgos locales capaces de construir confianza entre vecinos.

En tiempos donde la polarización ocupa buena parte del debate nacional, vale la pena recordar que en los barrios las soluciones rara vez llegan a través de los insultos. Llegan mediante el diálogo, la cooperación y el trabajo colectivo.

Quizá por eso las Juntas de Acción Comunal representan una de las expresiones más valiosas de nuestra democracia: allí las diferencias políticas suelen quedar en segundo plano cuando el objetivo común es mejorar la calidad de vida de una comunidad.

Como ciudadano, creo que ha llegado el momento de devolverles el protagonismo que merecen.

A quienes hoy comienzan este nuevo período como dignatarios comunales, solo queda expresarles respeto y gratitud. Más allá de cualquier ideología, asumir el liderazgo de una comunidad siempre será un acto de servicio.

Porque una ciudad no se construye únicamente desde los grandes proyectos o desde las decisiones que se toman en los despachos.

También se construye —y muchas veces comienza a construirse— desde las reuniones de un salón comunal, desde la voz de un vecino que decide participar y desde el compromiso de quienes entienden que servir a su barrio es, en el fondo, una forma de servirle al país.

*Abogado | Profesor | Servidor público | Columnista de opinión

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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