En los pasillos de las Altas Cortes nació una amistad que sobrevivió a las primicias, a los egos propios del oficio y al paso de los años
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
Junto a J.J. Pinilla tuve el privilegio de contarles a los colombianos el nacimiento de la Constitución de 1991, de la tutela, de la Fiscalía y de una nueva institucionalidad
Hoy no despido solo a un gran periodista; despido a uno de esos amigos que el periodismo regala para toda la vida.
El periodismo me regaló muchos amigos. Muy pocos como J.J. Pinilla.
Nuestra amistad nació en los pasillos de las Altas Cortes. Él representaba a RCN Radio y yo a Caracol Radio. Competíamos por las noticias, perseguíamos las mismas fuentes y soñábamos con la misma primicia. Muy pronto entendimos que los titulares duran un día, mientras las amistades verdaderas pueden durar toda una vida.
Nos correspondió cubrir uno de los momentos más trascendentales de la historia institucional de Colombia. Fuimos testigos del nacimiento de la Asamblea Nacional Constituyente y, posteriormente, de la entrada en vigencia de la Constitución Política de 1991. Tuvimos el privilegio de contarles a los colombianos cómo el país comenzaba a construir una nueva institucionalidad y una nueva manera de entender los derechos de los ciudadanos.
Corrimos detrás de magistrados, ministros y constituyentes. Esperamos durante horas decisiones que hoy forman parte de la historia nacional.
Fuimos de los primeros periodistas en informar sobre los fallos iniciales de la acción de tutela, cuando ese mecanismo apenas comenzaba a demostrar que transformaría para siempre la protección de los derechos fundamentales. También narramos el nacimiento de instituciones como la Fiscalía General de la Nación y la Defensoría del Pueblo, sin imaginar entonces la trascendencia que tendrían para Colombia.
Vivimos esa transformación prácticamente desde adentro.
La competencia existía y era intensa. Así debía ser.
Muchas veces él llegó primero a una noticia y me dejó con la frustración de escuchar mi propia primicia en otra emisora. En otras ocasiones fui yo quien me anticipé. Era parte del oficio. Eran los egos naturales de dos reporteros convencidos de que la siguiente noticia siempre era la más importante.
Pero la amistad pertenecía a un territorio distinto.
Nunca permitimos que una exclusiva, un titular o un reconocimiento contaminaran el respeto que nos teníamos. Al terminar la jornada, las primicias dejaban de importar. Volvíamos a ser simplemente dos colegas que compartían un café, una conversación o unos tragos entre amigos. El periodismo era una pasión inmensa, pero nunca estuvo por encima de la amistad.
Los años nos llevaron por caminos distintos, pero nunca dejamos de encontrarnos. La última vez fue a finales de 2022, cuando tuve el gusto de invitarlo a que formara parte del jurado del Premio Nacional de Periodismo Orlando Sierra, en Manizales.
Fue uno de esos encuentros que hoy adquieren un significado especial.
Conversamos sobre aquellos años en los que prácticamente vivíamos entre las Altas Cortes. Recordamos las largas jornadas, las decisiones históricas y las carreras detrás de las noticias que marcaron el rumbo del país. Nos reímos como si el tiempo no hubiera pasado.
Nunca imaginé que ese sería nuestro último abrazo.
J.J. dedicó su vida al periodismo colombiano y dejó una huella profunda en cada una de las redacciones por las que pasó. Su legado será recordado por quienes compartieron con él el rigor del oficio, la disciplina del reportero y la generosidad del compañero.
Pero esa es la hoja de vida que otros podrán contar mejor.
La que yo prefiero conservar está hecha de recuerdos.
Prefiero recordar al colega con quien compartí una de las épocas más fascinantes del periodismo colombiano. Al amigo que entendía que ninguna exclusiva era más importante que un abrazo sincero al terminar la jornada. Al hombre que demostró que se podía competir con intensidad sin perder jamás el respeto ni el afecto.
Hoy despido a un amigo.
Las noticias que alguna vez corrimos a buscar quedaron archivadas en las hemerotecas y en las grabaciones de radio. La Constitución de 1991 ya es historia; las primeras tutelas, la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo forman parte de la institucionalidad que ayudamos a contarles a los colombianos.
Las primicias, como todos los periodistas sabemos, siempre tienen fecha de vencimiento.
La amistad no.
Ese fue el mayor legado que me dejó J.J. Pinilla.
Porque el periodismo me regaló muchas satisfacciones, innumerables noticias y algunos reconocimientos.
Pero, sobre todo, me regaló amigos.
Y entre todos ellos, muy pocos como J.J.
Buen viaje, querido amigo.












