Ocho días bajo un plástico

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Esta es la historia de María Dolores y Rosalba, madre e hija, dos adultas mayores, habitantes de la zona rural de Risaralda, Caldas, que lo perdieron todo en el terremoto del 10 de agosto

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

Vereda Bohemia, Risaralda, Caldas. Lunes 10 de agosto de 2026. 7:35 de la mañana.

Doña María Dolores Martínez, de 79 años, todavía dormía.

A esa hora, su hija, Rosalba Castro, de 59, estaba preparando el desayuno. Era una mañana cualquiera en la vereda Bohemia, una de esas jornadas en las que el día comienza temprano y la vida transcurre entre el campo, las labores de la casa y la tranquilidad de una vereda ubicada a unos 30 minutos por una vía destapada del casco urbano de Risaralda, la cabecera municipal, que está a una hora de Manizales, la capital del departamento.

Hasta que la tierra comenzó a moverse.

Rosalba alcanzó a despertar a su madre. La levantó y, en medio de la confusión, logró llevarla hasta el marco de una puerta. Allí se quedaron las dos. Debajo de aquel marco, abrazadas al miedo y a la incertidumbre, comenzaron a rezar.

Los segundos parecieron eternos.

El movimiento no cedía. La casa crujía. Y mientras María Dolores y Rosalba esperaban que terminara aquel estremecimiento, una de las paredes interiores se vino abajo justo a sus pies.

Después cayó otra.

Y otra.

En total, tres paredes terminaron en el suelo.

El piso de la vivienda quedó partido prácticamente por la mitad.

Cuando finalmente cesó el sismo, la casa en la que habían vivido quedó convertida en un lugar inhabitable.

Era una vivienda humilde, construida en bloque de ladrillo y que, tiempo atrás, había podido levantarse con apoyo del municipio. Para María Dolores y Rosalba no era simplemente una construcción. Era su casa, el lugar donde habían desarrollado su vida y donde hasta esa mañana se sentían protegidas.

Ya no tenían dónde dormir.

Ocho días después del terremoto, tampoco tienen todavía dónde vivir.

Madre e hija encontraron refugio en una pesebrera, una especie de caseta levantada en la misma vereda. No es una vivienda. Es apenas un espacio para resguardarse.

Lo único que las protege del frío de las noches y de la lluvia es un plástico.

Un plástico que, ocho días después de aquella mañana del 10 de agosto, se convirtió en la única ayuda humanitaria que han recibido.

La escena resulta difícil de imaginar: una mujer de 79 años y su hija de 59 tratando de pasar las noches bajo una cubierta improvisada, después de haber visto cómo su casa se desplomaba alrededor de ellas.

No hay paredes firmes.

No hay una puerta que cierre.

No hay un techo que ofrezca verdadera protección.

Hay un plástico.

Y detrás de él, dos mujeres intentando reconstruir la normalidad después de que la tierra les cambió la vida en cuestión de minutos.

Para llegar hasta Bohemia hay que tomar una vía destapada y avanzar durante cerca de media hora desde la cabecera municipal de Risaralda. El municipio, a su vez, está aproximadamente a una hora de Manizales.

Es una distancia que en un mapa puede parecer corta.

Pero para quienes esperan ayuda, puede sentirse enorme.

María Dolores y Rosalba sobrevivieron al terremoto.

Sobrevivieron porque aquella mañana alcanzaron a ubicarse bajo el marco de una puerta.

Sobrevivieron porque, entre el miedo y los rezos, encontraron unos segundos para protegerse.

Pero ocho días después siguen enfrentando otra prueba: pasar las noches bajo un plástico, esperando que la ayuda que necesitan finalmente llegue.

El terremoto terminó aquella mañana.

Para ellas, sin embargo, todavía no ha terminado.

Porque mientras en otros lugares comienza la reconstrucción, en la vereda Bohemia dos mujeres siguen esperando algo tan elemental como volver a tener un techo.

Y por ahora, su techo cabe en un plástico.

Fuente: Sebastian Arango

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