Tungsteno en Caldas, entre la lámpara ultravioleta y el espejismo de la bonanza

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La revelación no vino de un despacho ministerial ni de un informe académico, salió de la voz de Omar Ossma, presidente en Colombia de la compañía canadiense Collective Mining

Ante empresarios, inversionistas y autoridades del sector que asistían al Congreso Nacional de Minería organizado por la Asociación Colombiana de Minería (ACM) en el Centro de Convenciones de Cartagena, Ossma no habló de una nueva veta aurífera ni de los tradicionales pórfidos de cobre, anunció una rareza geológica: la detección de scheelita —el mineral portador del codiciado tungsteno o wolframio— en el subsuelo caldense

Fuente: Collective Mining

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

La noticia no tardó en viajar por los cables y portales de noticias con el habitual ropaje de milagro económico: se habló de minerales estratégicos para la transición energética, de componentes para la industria militar y aeroespacial, y de cómo las escarpadas laderas del departamento de Caldas entraban en el radar de Occidente para intentar romper el monopolio que China ejerce sobre este insumo.

Sin embargo, en el territorio, donde la geografía impone su ley y abundan los antecedentes de falsas ilusiones mineras, el rigor periodístico obliga a enfriar el entusiasmo.

El destello fortuito de una roca

El hallazgo, según explicó el propio Ossma, no formaba parte de un plan diseñado desde Toronto o Bogotá para buscar minerales del futuro. Durante más de seis años de campañas de perforación en el proyecto Guayabales —en el área del sistema geológico conocido como Apollo, entre Marmato y Supía—, el objetivo de Collective Mining siempre fue el oro, la plata y el cobre.

El giro ocurrió por la agudeza visual de un geólogo experimentado de la compañía. Al notar anomalías y texturas que no correspondían a la mineralización metálica común, decidió someter los testigos de perforación a la prueba de luz ultravioleta (luz negra). En la penumbra, la roca no brilló con el tono dorado ni cobrizo tradicional; despidió una fluorescencia azulada intensa. Los análisis de laboratorio confirmaron la presencia de scheelita ($CaWO_4$), wolframato de calcio.

Científicamente, el hecho es inobjetable: se documenta por primera vez con rigor técnico la presencia de tungsteno en esa franja de la cordillera. No obstante, del testimonio en un atril de Cartagena al camión cargado de mineral hay una distancia geológica, económica y social gigantesca.

Por qué el mundo pelea por este metal y qué se juega Colombia

Para entender por qué el anuncio de Marmato y Supía encendió radares por fuera de las fronteras nacionales, hay que mirar la tabla periódica y el mapa de la geopolítica contemporánea. El tungsteno —históricamente llamado wolframio ($W$, número atómico 74)— no es un metal convencional ni un adorno de joyería; es un pilar silencioso e insustituible de la industria pesada y la tecnología de vanguardia.

Posee dos récords físicos que definen su valor estratégico: tiene el punto de fusión más alto de todos los metales conocidos (3.422 °C, suficiente para soportar la fricción del reingreso espacial o el calor abrasador dentro de una turbina de aviación) y una densidad de 19,25 g/cm³ (prácticamente idéntica a la del oro), lo que le otorga una masa concentrada descomunal. Cuando se combina con carbono para formar carburo de tungsteno, se convierte en un compuesto cerámico cuya dureza solo es superada por el diamante. Sin tungsteno no hay brocas para perforar pozos petroleros o túneles andinos, no hay herramientas de corte de ultraprecisión para fabricar maquinaria pesada, ni blindajes reactivos o proyectiles de energía cinética para la industria de defensa. Además, sus propiedades químicas lo hacen indispensable como barrera microscópica de difusión en los circuitos integrados de microchips avanzados y en componentes para reactores de transición energética

El problema global no reside únicamente en su escasez relativa, sino en la extrema

concentración de su cadena de suministro. Hoy, China domina con puño de hierro entre el 80% y el 85% de la producción y procesamiento mundial de tungsteno. Durante décadas, Pekín aplicó con este metal la misma estrategia que con las tierras raras: deprimió los precios para ahogar las operaciones mineras en el resto del planeta, consolidó el monopolio del beneficio químico y, en años recientes, comenzó a imponer cuotas estrictas de extracción y restricciones a la exportación para alimentar prioritariamente sus propios complejos tecnológicos y militares.

Esta hegemonía ha desatado alarmas en Washington, Bruselas y Tokio. En todas las listas oficiales de minerales críticos y de seguridad nacional de Estados Unidos y la Unión Europea, el tungsteno ocupa casillas de máxima vulnerabilidad: Occidente depende casi por entero de las decisiones de Pekín para mantener abastecidas sus industrias de alta tecnología, aeroespacial y de defensa. En consecuencia, las potencias occidentales han desplegado una carrera urgente por diversificar proveedores y asegurar suministros en jurisdicciones aliadas o neutrales.

Es en ese tablero global donde la aparición de scheelita en el Alto Occidente caldense cobra resonancia internacional. Si los estudios que hoy arrancan en Guayabales llegaran a certificar reservas comerciales viables a largo plazo, Colombia se insertaría en un club geológico sumamente exclusivo en el hemisferio occidental, abriendo a las cadenas industriales de América y Europa una fuente de suministro por fuera de la órbita euroasiática.

Sin embargo, para el país, asomarse a ese mercado no equivale a un cheque en blanco. A diferencia de las potencias consumidoras, Colombia carece de fundiciones y complejos químicos para refinar el mineral crudo o transformarlo en paratungstato de amonio (APT) y herramientas de alta gama. El desafío de largo aliento consistiría en no ser un simple exportador de rocas en bruto para los hornos extranjeros, garantizando que esa relevancia geopolítica se traduzca en encadenamientos productivos reales, regalías transparentes y desarrollo territorial duradero, sin hipotecar la sostenibilidad ambiental de la cuenca caldense en nombre de las urgencias de Occidente.

El balón al piso: un indicio no es una mina

El error recurrente en la narrativa de los recursos naturales en Colombia es confundir una manifestación geológica con una bonanza inmediata. En la industria extractiva internacional, lo que hoy reporta Collective Mining son testigos con mineralización bajo prueba de laboratorio, no reservas comerciales probadas bajo estándares certificados como el NI 43-101.

Para determinar si lo expuesto por Ossma se traducirá en un proyecto productivo viable, faltan años de evaluaciones que apenas comienzan:

  • Delimitación y volumen: Determinar si la scheelita está concentrada en cuerpos continuos y con leyes de corte rentables, o si se trata de diseminaciones erráticas difíciles de recuperar.
  • El desafío metalúrgico: El proyecto Guayabales fue concebido para polimetálicos. Separar la scheelita por flotación sin arruinar la recuperación del oro y el cobre exige pruebas metalúrgicas a escala piloto que toman meses y requieren alta inversión técnica.
  • Cero valor agregado: Colombia no cuenta con fundiciones ni plantas químicas para refinar tungsteno y convertirlo en paratungstato de amonio (APT), el compuesto que compra la industria tecnológica mundial.Si el proyecto prosperara, Caldas solo exportaría concentrados crudos en sacos con rumbo a refinerías en el exterior.
  • Los tiempos reales: Desde el anuncio exploratorio hasta la eventual entrada en operación de una mina suelen transcurrir entre diez y quince años; una carrera de obstáculos donde la gran mayoría de prospectos se archivan por inviabilidad ambiental o financiera.

Imagen: Collective Mining

La ruta de la realidad minera (Línea de tiempo)

A un hallazgo de esta naturaleza le queda aún mucho camino por recorrer:

1.1. Detección geológica (En curso):Fase actual en Guayabales.

Identificación de scheelita en testigos de perforación y confirmación en laboratorio. No constituye aún reservas probadas ni certificadas.

2.2. Delimitación y metalurgia (2 a 4 años):

Perforación densa para medir ancho, profundidad y continuidad del cuerpo mineralizado. Pruebas químicas para comprobar si es posible separar el tungsteno sin destruir la recuperación de oro y cobre.

3.3. Prefactibilidad y Factibilidad (2 a 3 años):

Cálculo del costo total de extracción, requerimientos de energía, agua, logística vial y diseño de plantas de beneficio. Certificación internacional NI 43-101.

4.4. Licenciamiento y Consulta Previa (3 a 5 años):Paso crítico en Caldas.

Trámite del Estudio de Impacto Ambiental (EIA) ante Corpocaldas/ANLA y procesos de consulta previa vinculantes con resguardos indígenas (Cañamomo, Lomaprieta) y comunidades locales.

5.5. Construcción y Operación (2 a 3 años):

Edificación de infraestructura subterránea y plantas de flotación. Solo en este punto se producen los primeros concentrados de mineral y comienzan a causarse regalías de explotación.

Una economía de toneladas, no de onzas

A diferencia del oro, que cotiza en bolsas abiertas en tiempo real a miles de dólares la pequeña onza y se transa como liquidez pura en cualquier rincón del planeta, el tungsteno es un metal industrial de nicho.

Su precio no se define por especulación financiera, sino a través de contratos comerciales cerrados entre procesadores y fabricantes, calculados en unidades de diez kilos de concentrado de trióxido ($WO_3$). Por cada kilo de roca, el valor del tungsteno representa apenas una fracción diminuta frente al de los metales preciosos. La rentabilidad de un yacimiento no reside en precios deslumbrantes por gramo, sino en la capacidad de mover miles de toneladas diarias de roca con costos logísticos y de energía muy altos en plena cordillera andina.

Vender la idea de que el anuncio de Ossma en Cartagena aliviará de inmediato los presupuestos municipales del Alto Occidente es desconocer la economía básica de la minería industrial.

Comparativa de realidades (Despiece editorial)

IndicadorEl discurso del entusiasmoLa realidad técnica en Caldas
¿Qué se encontró?«Una mina de mineral estratégico mundial».Scheelita en muestras de perforación; falta calcular volumen y ley de corte.
Tiempo de llegada de recursos«Regalías y empleo masivo a corto plazo».Entre 8 y 12 años si el proyecto supera todos los filtros técnicos y sociales.
Destino del mineral«Colombia industrializada con tecnología propia».Concentrado crudo exportado por barco; el país carece de refinerías para tungsteno.
Filtro territorial«Inversión asegurada de 1.000 millones de dólares».Exige concertación ambiental y consulta previa en una cuenca con siglos de minería tradicional.

La montaña tiene memoria

Más allá de los balances corporativos que Collective Mining presenta a sus accionistas en Canadá, el proyecto Guayabales se asienta sobre un territorio con densas raíces sociales y ambientales.

En la cuenca compartida entre Marmato y Supía conviven siglos de minería tradicional de veta, comunidades afrodescendientes organizadas y resguardos indígenas de arraigo ancestral como Cañamomo y Lomaprieta. En laderas empinadas que vierten sus aguas hacia la cuenca del río Cauca, cualquier anuncio de gran minería despierta de inmediato la alarma comunitaria por la preservación de las fuentes hídricas rurales y el ordenamiento territorial.

La viabilidad de esta iniciativa no se resolverá en los salones del Congreso de Cartagena. Se definirá en el terreno: en los procesos de consulta previa, en el cumplimiento ambiental estricto bajo la lupa de Corpocaldas y en el diálogo horizontal con comunidades que han visto desfilar anuncios de desarrollo que rara vez dejaron progreso equitativo.

El tungsteno existe en las rocas de Caldas y su hallazgo científico amplía el mapa geológico del país. Pero entre el anuncio corporativo de Omar Ossma y un beneficio tangible para los caldenses hay un trayecto empinado, técnico y lleno de interrogantes. Por ahora, la prudencia sigue siendo la mejor brújula.

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