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Una luz que brillaba

Por MARÍA ANGÉLICA APARICIO

Un difícil sentir se percibe en los cubanos hoy, sin embargo, pareciera que las olas del mar, los cielos azulosos, las aguas que rodean la isla y hasta el inmaculado malecón de La Habana, no los acompañaran en su nefasta situación económica y social.

Los cubanos siguen vivos, pero aferrados a la suerte del día. Los sueños de obtener mejoras se evaporan en el aire, como también, la esperanza de diseñar un mejor frente de batalla para subsistir. Vuelve la etapa difícil -ya han pasado dos- y nada parece cambiar el rumbo de una historia que no registra libertades ni oportunidades distintas a las habituales.

Próxima geográficamente a otros territorios insulares como Haití, República Dominicana y Puerto Rico, la isla de Cuba es un manjar físico del Caribe. Mares y playas la rodean por todas partes, convirtiéndola en un paraíso en materia de paisajes. Sus bahías, penínsulas, golfos naturales e islotes aumentan la belleza de esta tierra que, en tiempos coloniales, se conocía como un fastuoso espacio conquistado por los españoles.

En otras épocas también, la naturaleza se sumaba a los vistosos edificios de La Habana, que funcionaban como residencias privadas, restaurantes, cafeterías, museos y hoteles de lujo; en los bailaderos se juntaban numerosos apasionados de la música, que danzaban, desafiantes, al son del ritmo caribe. Aquel hechizo de ciudad tenía buen turismo y una vida diurna y nocturna que se gozaba con plenitud.

Apetecía visitar la isla en la época de este gran esplendor. Desde Pinar del Río hasta Guantánamo, pasando por la capital, se lograba un recorrido de infarto, acompañado del viento, la temperatura cálida, los árboles, las montañas, la sensación de progreso que se respiraba a lo largo y ancho del país. Se podía soñar con un futuro de riqueza, había trabajo y emprendimientos comerciales.  

Actualmente, La Habana parece una maraña de cables rotos. Y duele ver el rostro que tiene. Les duele a todos los cubanos por igual, especialmente, a quienes vivieron sus años de apogeo, de luz brillante. Ahora observan -con profunda amargura- el deterioro físico de esta capital que, para muchos, habría sido la reproducción del reino europeo de “Montecarlo”, en América.

Con lo que tenía, -entre parques, plazas, monumentos y casas- era una ciudad pomposa, un sitio de lujo construido por europeos y norteamericanos para el disfrute total. Tristemente, ya no es lo que fue en el pasado, ni externa ni internamente. El sinnúmero de edificios de solemne arquitectura que la hacían única, prevalece atrapado entre el olvido y el desgaste natural. Se muestran carcomidos ante el cubano que sigue en pie y el turista sorprendido; están sucios y en ruinas, casi a punto de gritar para que manos milagrosas rejuvenezcan sus fachadas y les regresen la gloria que tuvieron antes de la Revolución cubana.

En varias construcciones que fueron exquisitas como el canto del ángelus, -tal vez sean muchas- viven en racimo diversos cubanos, hacinados entre paredes negras, ahuecadas y olorosas. Aunque algunas fachadas están mejor presentadas que otras, pasar la puerta principal y adentrarse, es un cuento nuevo. Precisamente, es la historia de aquellos derechos humanos que se arrancaron desde su raíz para evitar la libertad, la igualdad y la fraternidad defendidos por los franceses, como primera sociedad pensante del siglo XVIII. Allí adentro hay cubanos escuálidos, cansados, despojados de recursos económicos dignos y con mínimas riquezas materiales.

A metros de distancia de estas residencias de mejor aspecto, yace el puerto marítimo de La Habana. Se gana los aplausos de los extranjeros y una evaluación de cinco aclamado sobre cinco. La belleza y el orden enmudecen al turista. Ocupa una inmensa área de mar que invita a contemplar parte de la infraestructura de la ciudad, dentro de la fórmula de “si se puede mantener algo con decoro”. El puerto incita a contemplar el agua caribeña; a meditar sobre la lejanía del paisaje, a pensar en los altibajos políticos y económicos de esta isla que, un día, se quedó parada en el pedal del retroceso.

Con los acercamientos que se lograron entre Cuba y Estados Unidos durante el gobierno de Barack Obama, los cruceros tenían pase libre para ingresar a la isla. Se estacionaban en los muelles con sus toneladas de peso y su ruido tradicional. Turistas con toda clase de pintas locas, ponían los pies en el embarcadero, mirando a diestra y siniestra los alrededores.

Varios taxistas, con sus clásicos autos de los años cuarenta y cincuenta descapotables, con dos puertas y silletería acolchada, esperaban a los visitantes para llevarlos por la capital bajo la deliciosa atención que los caracteriza, una manera sencilla y elocuente de ser, que conquista al paseante. Entonces el viaje que se hacía por La Habana hasta el hotel, permitía los gritos de: ¡Viva, viva Cuba!

En nuestros días, los grandes cruceros que alimentaban el corazón de los cubanos, ya no llegan al puerto. Cruceros de cinco y seis cubiertas dejaron de arribar a esta bonita zona de Cuba, situada al norte de la isla. Ni pasan de largo, ni lanzan el ancla para estacionar sus armatostes. Ya ningún turista desciende del barco, entre la curiosidad y el interés, para recorrer las calles, observar al cubano –sonriente y valiente- o conocer de primera mano la zona antigua y moderna de La Habana. Aquí mandan ahora el silencio y la tranquilidad de las aguas.

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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