A propósito de lo que ocurrió hace 41 años en la Plaza de Bolívar de Bogotá, les quiero compartir un fragmento de mi libro, que se encuentra en los retoques finales y se llamará ‘La Foto Original’, en el que recojo la experiencia que viví como periodista aquel oscuro día
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
Corría el tercer año de gobierno del presidente Belisario Betancur, quien desde 1984 mantenía diálogos de paz con las Farc, el M-19 y el EPL. De las conversaciones con las primeras nació la Unión Patriótica[1], un partido político conformado por rebeldes en tregua y sectores civiles de izquierda no armada. Con el M-19 también se negociaba una salida política al conflicto armado, pero en junio de 1985, tras varios operativos militares, la tregua se rompió. El golpe final fue la muerte, en Cali, de Iván Marino Ospina.
Ya para noviembre, los diálogos con las Farc también habían fracasado. Y lo peor: comenzaba el exterminio sistemático de los miembros de la Unión Patriótica, sin distinción de su grado de desmovilización o de su investidura como concejales, diputados o congresistas.
Fue entonces cuando ocurrió lo impensable: el M-19 se tomó el Palacio de Justicia[2], convirtiendo en campo de batalla la misma Plaza de Bolivar de Bogotá. Su propósito era simbólicamente demoledor: someter al presidente a un “juicio político” por el fracaso del proceso de paz.
Yo estaba en el segundo piso del ala sur del Capitolio Nacional, en las instalaciones de la oficina de prensa de la Cámara de Representantes cuando comenzaron los disparos. La batalla que veíamos en primera fila desde el extremo norte del pasillo de ese bloque que daba a la Plaza de Bolívar. Varios agentes de la Policía entraron al edificio y nos pidieron evacuar por la parte trasera, contigua a la Plaza de Armas de la Casa de Nariño. Pero con varios colegas de medios nos refugiarnos en las oficinas de la Comisión Quinta, también en el segundo piso y contigua al sector donde estábamos ubicados y desde donde teníamos vista directa de lo que sucedía al frente al Palacio de Justicia.
Allí fuimos testigos presenciales, en primera fila, de todo lo que ocurrió durante los días 6 y 7 de noviembre: la toma guerrillera y la brutal retoma por parte de las Fuerzas Militares. Acontecimientos demenciales que dejaron 95 muertos y redujeron a escombros el símbolo máximo de la justicia en Colombia.
Fue, sin duda, una de las noches más largas y aterradoras de nuestras vidas. Junto a Jesús Medina Sosa —quien lo narró magistralmente días después en El Tiempo— y otros colegas como Lissy Mantilla, Carlos Mario López, Carlos Mario Farías y Apolinar Patiño, viví desde esa oficina el horror sin anestesia. Especialmente cuando, alrededor de las siete de la noche, se supo que entre los rescatados estaban Jaime Betancur Cuartas, hermano del presidente, y Clara de Castro, esposa del ministro Jaime Castro. Aquello fue el disparador definitivo para la ofensiva final.
Desde esa sala improvisada como trinchera, escuchamos durante toda la noche el retumbar de ráfagas, explosiones, cohetes y morteros que sacudían la plaza cada quince minutos. Bogotá parecía en guerra. A unos metros, el comando guerrillero se atrincheraba mientras los soldados disparaban sin tregua. A veces, el silencio era más perturbador que el estruendo.
Alrededor de las ocho, un incendio se desató en el interior del edificio. Vimos cómo una máquina de bomberos se arriesgaba para rescatar a comandos del GOES atrapados en la azotea, mientras desde el cuarto piso les disparaban sin piedad. Esa escena, que ‘Chucho’ Medina relató con precisión, nos tuvo al borde del colapso emocional.
Los periodistas —hambrientos, sin poder dormir, aferrados a la incertidumbre— alternábamos entre el humor negro, la ansiedad y la esperanza de que todo terminara pronto. A medianoche, el silencio nos engañó. Pero a las dos de la madrugada, el estruendo regresó con cohetes, ráfagas y fuego. A las seis de la mañana, vimos a los soldados introducir dinamita. Y poco después, las explosiones confirmaron lo que temíamos: el desenlace sería brutal.
Doce horas de tensión insoportable. Acompañamos con nuestros sentidos —y nuestras libretas— el sacrificio de una institución y el naufragio de una democracia. Como bien tituló Medina Sosa en su crónica del 11 de noviembre: fue, literalmente, una noche de terror[3].
Cuarenta y un años después de aquellos dantescos dos días, el país sigue preguntándose qué pasó realmente entre las llamas del Palacio de Justicia. Los familiares de las víctimas continúan reclamando verdad y justicia, y la sociedad entera no ha podido cerrar esa herida que dividió para siempre la historia de Colombia.
No hay causa que justifique la barbarie. Tan insensata fue la decisión del M-19 de tomarse el Palacio como desmesurada la respuesta militar que lo redujo a escombros. Entre ambos extremos, la justicia —literal y simbólicamente— quedó sepultada bajo el fuego.
El informe de la Comisión de la Verdad creada por la Corte Suprema de Justicia[4] representa uno de los esfuerzos más serios por esclarecer los hechos y recuperar la memoria. Pero aún hoy, más allá de los informes y las sentencias, el eco de aquella tragedia sigue recordándonos que la verdad no solo se escribe en los documentos, sino también en la conciencia de un país que todavía busca comprenderse.
[1] Guerra Urrego, H. F. (2025, 11 de octubre). La Unión Patriótica: El origen del exterminio. Señal Memoria. Recuperado de https://www.senalmemoria.co/articulos/la-union-patriotica-el-origen-del-exterminio
[2] Consejo de Estado de Colombia. (s. f.). Toma y retoma de Palacio de Justicia. https://www.consejodeestado.gov.co/toma-y-retoma-de-palacio-de-justicia/index.htm
[3] Medina Sosa, J. (1985, 11 de noviembre). Una noche de terror. El Tiempo, p. 12-C.
[4] Gómez Gallego, J. Á., Herrera Vergara, J. R., & Pinilla Pinilla, N. (2010). Informe final: Comisión de la Verdad sobre los hechos del Palacio de Justicia. Corte Suprema de Justicia / Universidad del Rosario. Recuperado de https://repository.urosario.edu.co/items/5e987f22-1c8a-4fa8-8993-2c6f865d42f1






