Trump, congresistas demócratas, observadores electorales y tensiones diplomáticas han convertido la elección presidencial colombiana en un tema de confrontación dentro de Estados Unidos.
Más allá de los hechos puntuales, la pregunta es qué impacto puede tener sobre los votantes colombianos la percepción de que actores extranjeros intentan influir —o son percibidos como influyendo— en una decisión que corresponde exclusivamente a los ciudadanos del país
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
A escasas horas de que los colombianos acudan a las urnas para elegir al próximo presidente de la República, un fenómeno poco habitual ha comenzado a llamar la atención de analistas y observadores: la campaña electoral colombiana dejó de ser un asunto exclusivamente colombiano.
Lo que inicialmente parecía una serie de episodios aislados terminó configurando un escenario político más complejo, en el que dirigentes estadounidenses, congresistas, observadores internacionales y funcionarios de ambos gobiernos han pasado a formar parte de la conversación electoral.

El primer elemento fue el respaldo público expresado por el presidente Donald Trump a la candidatura de Abelardo de la Espriella. Más allá de la simpatía que ese pronunciamiento pueda generar entre algunos sectores políticos, se trata de una circunstancia excepcional. No es frecuente que el mandatario de Estados Unidos intervenga de manera tan visible en una campaña presidencial colombiana.
Los mensajes de Trump fortalecieron una narrativa que el propio De la Espriella ha venido construyendo durante la campaña: la existencia de una estrecha relación con sectores influyentes del poder político estadounidense y la promesa de una cooperación reforzada en asuntos relacionados con la lucha contra la corrupción, el narcotráfico y los delitos electorales.
Para sus seguidores, ello representa una fortaleza.
Para sus críticos, constituye una injerencia indebida en asuntos internos del país.
La controversia adquirió una nueva dimensión con la detención en Estados Unidos del activista y creador de contenidos Beto Coral, reconocido por su cercanía al petrismo y por su actividad política entre comunidades de colombianos residentes en territorio norteamericano.
La coincidencia temporal entre esa actuación y la recta final de la campaña presidencial alimentó múltiples interpretaciones.
Mientras unos consideran que se trata simplemente de la aplicación ordinaria de procedimientos migratorios o judiciales, otros observan el episodio con suspicacia debido al momento en que ocurre y al perfil político de la persona involucrada.
Las declaraciones posteriores del senador Bernie Moreno, quien celebró públicamente la captura y participará como observador electoral durante los comicios, elevaron aún más la temperatura política.
La respuesta del presidente Gustavo Petro trasladó la controversia a un plano diplomático al cuestionar la actuación del senador estadounidense y advertir sobre posibles medidas frente a lo que considera una persecución contra ciudadanos colombianos.
Pero cuando parecía que la discusión enfrentaba únicamente a Bogotá y Washington, apareció un nuevo actor.
Once congresistas demócratas estadounidenses enviaron una comunicación expresando preocupación por los pronunciamientos de Donald Trump respecto de las elecciones colombianas y reclamando respeto por la soberanía del país.
El hecho tiene una importancia política considerable porque demuestra que la controversia ya no divide únicamente a los colombianos.
También divide a los estadounidenses.
Mientras sectores republicanos han respaldado abiertamente la posición de Trump y su cercanía con la candidatura de De la Espriella, congresistas demócratas cuestionan precisamente esa conducta y advierten sobre los riesgos que representa para la percepción de legitimidad del proceso electoral.
En otras palabras, la elección colombiana terminó incorporándose a la polarización política que hoy atraviesa a Estados Unidos.
Y es justamente allí donde aparece la cuestión más relevante.
Más allá de determinar si existe o no una intervención directa en el proceso electoral, lo cierto es que una parte importante de la opinión pública percibe que actores extranjeros están intentando influir en el debate político colombiano.
En materia electoral, las percepciones suelen ser tan importantes como los hechos.
La experiencia internacional muestra que este tipo de situaciones puede producir efectos contradictorios.
Existe un primer escenario, de carácter nacionalista, en el que los ciudadanos reaccionan rechazando cualquier apariencia de injerencia externa y reivindicando la autonomía de las decisiones nacionales.
Existe un segundo escenario en el que determinados sectores interpretan el respaldo internacional como una señal de confianza, estabilidad o reconocimiento político.
Y existe una tercera posibilidad: que el tema genere un intenso debate mediático sin alterar significativamente el comportamiento electoral de los ciudadanos, quienes finalmente terminan votando en función de asuntos mucho más cercanos a su vida cotidiana como la seguridad, la economía, el empleo o la corrupción.
La incógnita es cuál de esas dinámicas prevalecerá el próximo domingo.
Lo cierto es que, independientemente del resultado electoral, la campaña presidencial de 2026 dejará una imagen poco habitual: la de una elección colombiana convertida en tema de discusión dentro de los propios círculos políticos estadounidenses.
Y ese hecho, por sí solo, constituye uno de los fenómenos más llamativos y menos explorados de esta contienda.
Porque la pregunta de fondo ya no es únicamente quién ganará las elecciones.
La pregunta es por qué la elección colombiana terminó convirtiéndose en un capítulo más de las disputas políticas que hoy dividen a Washington.
Y si esa circunstancia tendrá alguna influencia sobre una decisión que, en última instancia, corresponde únicamente a los colombianos.
sos/












