La historia de Jhon Jairo Noreña
En una época donde la política está tan desprestigiada y parece reservada para las élites, su llegada al Concejo de Manizales es una bocanada de aire fresco y un bálsamo de dignidad para las clases trabajadoras
Por Redacción de LA VEINTITRÉS
El protocolo del Concejo de Manizales suele oler a loción costosa, a papel sellado y a discursos ensayados con frialdad matemática. Pero en esta primera semana de julio de 2026, el ambiente del recinto se sacudió con una realidad que el periodismo de escritorio suele pasar por alto. Jhon Jairo Noreña Gutiérrez, conocido por media ciudad como el «Mono» o simplemente como «El Escobita», se acomodó en su curul. No llegó allí por herencia de apellido, ni por el empuje de una chequera. Llegó porque la vida —y un azaroso ajedrez de renuncias en la lista del Partido Conservador— decidió que los 1.579 votos que cosechó a pulso en octubre de 2023 ya no podían seguir esperando en el banco de suplentes.
La salida de la concejal Manuela Rodríguez y la posterior declinación del primer suplente, Daniel Toro, terminaron haciendo una especie de justicia poética. Sentado en el cabildo, con la espalda recta de quien ha trabajado duro toda la vida, Jhon Jairo representa un hito: el operario de barrido de la Empresa de Aseo de Manizales (EMAS) que dedicó 24 años a limpiar las calles que otros ensucian, hoy tiene voz y voto para ordenar el destino de la ciudad.
El olor a café y las manos curtidas
Para entender al nuevo concejal no hay que buscarlo en los pasillos de la alcaldía; hay que bajarse del carro en la vereda Java o adentrarse en las laderas del corregimiento agroturístico El Tablazo. Antes de vestir el overol verde y reflectivo de EMAS, Jhon Jairo supo lo que era ganarse el día con el sudor del campo. Fue recolector de café, carguero de plátano y jornalero de los que saben cuánto pesa un bulto bajo el sol o la neblina de la cordillera.

De esa época le quedó el arraigo rural y un apodo que todavía le gritan con cariño cuando camina por la zona: «El Engabonado de Java». Quienes lo conocen desde muchachos aseguran que el «Mono» nunca le hizo el feo a ningún trabajo pesado. Su escuela no fueron los claustros universitarios de la capital caldense, sino los caminos de herradura y la conversación sincera con el campesino que madruga a las cuatro de la mañana.
«La política de Jhon Jairo no nació en los directorios, nació en los convites veredales, destapando alcantarillas con los vecinos y gestionando una placa huella para que no se quedara atrapada la chiva».
La doble vida: la escoba de día, el sombrero de Edil de noche
Durante casi un cuarto de siglo, la rutina de Jhon Jairo fue la misma. Despertar en la madrugada helada, ponerse el uniforme de EMAS y salir a empujar el carretón. Con la escoba en la mano vio amanecer cientos de veces sobre el Nevado del Ruiz, barriendo las calles del centro, las avenidas y los barrios populares. Conoció la ciudad desde el asfalto, desde abajo, escuchando las quejas cotidianas del comerciante, del taxista y del ciudadano de a pie.

Pero cuando terminaba su turno de limpieza, la jornada de Jhon Jairo apenas comenzaba. Se quitaba el overol y se ponía el sombrero de líder. Durante 15 años combinó el servicio público del aseo con la política de base. Fue edil de la zona rural durante cinco periodos consecutivos y llegó a presidir la Junta Administradora Local (JAL) de El Tablazo y Bajo Tablazo.
Era una doble vida admirable: de día recogía los desechos de la ciudad; de noche y los fines de semana, lideraba reuniones comunitarias, mediaba en conflictos vecinales y se ganaba la reputación de ser un hombre de carácter fuerte cuando la comunidad lo necesitaba, pero de una humildad inquebrantable a la hora de servir.
Los 1.579 votos del orgullo
Cuando decidió saltar al ruedo y postularse al Concejo de Manizales en las elecciones de 2023 bajo la bandera del Partido Conservador, muchos miraron la candidatura con condescendencia. «Un escobita al Concejo, ¿con qué maquinaria?», decían en los mentideros políticos.
Lo que no calcularon fue la fuerza de la base. Su campaña se hizo con las uñas y con el corazón. Su página de Facebook, manejada con la espontaneidad de un creador digital empírico, se convirtió en el canal para mostrar su día a día. A su lado estuvo siempre Gloria, su «enamorada eterna», la esposa y compañera de vida que caminó junto a él cada vereda y cada barrio, recordándole a la gente que un trabajador del aseo también tiene derecho a legislar.
El resultado de esa jornada fue un acumulado histórico de voluntades: 1.579 votos directos de opinión, de amigos, de campesinos y de compañeros de EMAS que vieron en él a uno de los suyos. Aunque esa cifra lo dejó rozando la curul en su momento, el destino político aguardaba su turno para este julio de 2026.
Legislar con el overol puesto
La historia del «Mono» Noreña se ha vuelto viral en el departamento de Caldas, y no es para menos. En una época donde la política está tan desprestigiada y parece reservada para las élites, su llegada al Concejo de Manizales es una bocanada de aire fresco y un bálsamo de dignidad para las clases trabajadoras.
Jhon Jairo Noreña Gutiérrez ya se sienta en el recinto formal del cabildo, pero en el fondo, sigue siendo el mismo operario de Java. Cambió temporalmente la escoba por el micrófono del control político, pero su verdadera misión sigue siendo la misma que hace 24 años: limpiar lo que está mal, escuchar a los invisibles de la zona rural y demostrar que para gobernar a Manizales, primero hay que haberla caminado, barriendo el suelo con la cabeza bien alta.
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