Tras el devastador sismo de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto de 2026, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y que dejó un saldo de 273 fallecidos, 1.958 heridos y 371 desaparecidos, además de 325 estructuras colapsadas y ciudades como Cali, Pereira, Quibdó, Manizales y Armenia en alerta roja, el Servicio Geológico Colombiano (SGC) y el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) han salido al paso de una creencia que, pese a los siglos, se niega a desaparecer: que el clima puede anunciar o anteceder a los terremotos. En un comunicado conjunto, ambas entidades fueron categóricas al afirmar que no existe evidencia científica que relacione las condiciones atmosféricas con la ocurrencia de sismos, desmontando así mitos que han cobrado fuerza en redes sociales y medios de comunicación tras la tragedia.
La Red Sismológica Nacional del SGC explicó que la alta sismicidad en Colombia se debe, fundamentalmente, a su ubicación geológica sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico y al proceso de subducción de la placa de Nazca bajo la placa Suramericana, fenómenos tectónicos que explican los aproximadamente 2.500 sismos que se registran cada mes en el país. “El clima no cambia antes o después de un sismo. No existe evidencia científica que indique que la forma de las nubes, la presencia de lluvia o incrementos en la temperatura del ambiente influyan en la actividad sísmica”, señaló la entidad, mientras que el USGS precisó que no existe el concepto de “clima sísmico” y que la distribución de terremotos es aproximadamente igual en todos los tipos de clima.
Un mito con raíces milenarias
La idea de que los fenómenos atmosféricos pueden predecir terremotos no es nueva. Sus orígenes se remontan al filósofo griego Aristóteles, quien en el siglo IV antes de Cristo propuso que los terremotos eran causados por vientos atrapados bajo la superficie terrestre. Desde entonces, esta creencia ha perdurado en el imaginario popular y resurgió con fuerza tras el sismo del 10 de agosto, el más fuerte registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI. Sin embargo, el SGC fue enfático al desmentir cualquier relación causal: “No existe evidencia científica que relacione el clima o las condiciones atmosféricas con la ocurrencia de sismos”. Incluso señalaron que, si bien algunos estudios han documentado que cambios de baja presión asociados a tormentas intensas pueden desencadenar episodios de deslizamiento de fallas —conocidos como terremotos lentos—, se trata de casos mínimos y sin significancia estadística que no alteran la conclusión general.
“El clima no cambia antes o después de un sismo. No existe evidencia científica que indique que la forma de las nubes, la presencia de lluvia o incrementos en la temperatura del ambiente influyan en la actividad sísmica”
Servicio Geológico Colombiano (SGC)
La magnitud de la emergencia movilizó a los organismos de socorro en todo el país. La Cruz Roja Colombiana emitió una serie de recomendaciones para la población ante la eventualidad de nuevas réplicas: durante el sismo, instó a mantener la calma, ubicarse junto a muros portantes, evitar el uso de escaleras, abrir puertas y protegerse la cabeza. Una vez pasado el movimiento telúrico, recomendó revisar la vivienda en busca de daños estructurales, cerrar los suministros de gas, agua y energía, ventilar el inmueble si se percibe olor a gas y, en caso de personas atrapadas, ayudar únicamente mientras se espera la llegada de los organismos de socorro. Mientras Colombia continúa contando sus pérdidas y se enfrenta a la reconstrucción, la ciencia insiste en separar los hechos de las supersticiones: los sismos no se anuncian con el clima, sino que responden a procesos geológicos profundos, donde la preparación y la información oportuna son las únicas herramientas verdaderamente eficaces.










