Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
No comparto la continuidad de Néstor Lorenzo. Lo digo como lo pienso.
Lo digo sin las broncas ni los juicios apasionados de quienes lo descalifican por método o por sistema. Distante, a la vez, de la lambonería de los periodistas que lo defienden por conveniencia, por cercanía, por paisanaje o por no perder su saludo, un privilegio o una entrevista.
Quiero en la selección, un técnico de campanillas. Un verdadero maestro. Un líder que enseñe, que forme entrenadores, que deje una escuela, una identidad, un legado.
No un simple seleccionador de talentos, condicionado por intereses lejanos a las canchas y al balón.
Quiero un entrenador con historia ganadora. La Selección lo merece, si se eleva la ambición. La afición también. Un estratega que no convierta el conformismo en una virtud, ni haga del “llegamos donde pudimos” una justificación a su trabajo.
La selección es una pasión… una exigencia.
Nunca se vio a Lorenzo recorriendo el país, explorando otro fútbol u otros jugadores. Hizo la fácil con preferencia a su rosca.
Tampoco lo vi liderando o asesorando los seleccionados nacionales, los de categorías menores, para darle vida a un proyecto con presente y futuro.
Su gestión ha sido distante y frustrante. Nunca se le vio un modelo de juego porque no lo construyó. Tampoco identificó una idea que trascendiera los nombres. Dependió de ellos, de las individualidades para salir de los acosos en los resultados.
Es sin duda, un buen hombre. Pero no un calificado entrenador.
Se negó a la necesaria renovación, a refrescar la nómina con jugadores de reciente generación. Gustavo Puerta no fue su descubrimiento. A Rengifo, ni lo miró.
Cuando a Duran y a Villa, los tenía agendados contra viento y marea, desaparecieron de la escena por decisión de los dirigentes.
Nunca dio la sensación de imponer sus convicciones.
Por momentos confiaba más en sus cábalas que en sus conocimientos, como ese vestido raído y mareado que siempre vestía en los partidos.
Es mi opinión, no un juicio. En el futbol las opiniones se debaten. El conformismo, en cambio, es destructivo. Esteban J.








