Murió a los 81 años el cantautor ítalo-argentino que convirtió una canción sobre su padre en un himno latinoamericano, desafió a una dictadura con sus canciones, encontró en Colombia una segunda patria y dejó una obra que acompañó a varias generaciones
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
Yo era un niño cuando escuché por primera vez Mi viejo.
No sabía entonces quién era Piero. No sabía que aquella canción había sido escrita por José Tcherkaski y que hablaba de su propio padre, un inmigrante ruso que había llegado a Argentina. Tampoco sabía que aquella voz iba a acompañarme durante décadas.
Solo sabía que había algo en esa canción que se quedaba adentro.
Piero murió este 7 de octubre de 2026, a los 81 años, en Buenos Aires. Y con su muerte no desaparece solamente uno de los grandes cantautores de América Latina. Se va una voz que para muchos no pertenece solamente a la música: pertenece a la memoria.
Primero fue “Mi viejo”
Mi viejo apareció en 1969 y convirtió a Piero en una figura popular en toda América Latina.
La canción no era exactamente suya. La letra pertenecía a Tcherkaski, pero Piero consiguió algo que ocurre muy pocas veces: hacer que una canción ajena pareciera escrita para él y, después, para millones de personas.
El propio Piero recordaba que cuando se la cantó por primera vez a su padre, este terminó con los ojos aguados y un nudo en la garganta. La anécdota quedó para siempre asociada a una canción que atravesó generaciones y que terminó convirtiéndose en un clásico del Día del Padre.
Para mí, como para tantos de mi generación, Mi viejo llegó primero.
Mucho después descubriríamos al otro Piero.

El Piero de nuestros años mozos
En nuestros años mozos apareció el cantante que hablaba de cosas distintas.. Ya no era solamente el hombre que cantaba al padre. Era el artista que ponía música a las preguntas de una generación.
Piero había dejado atrás al cantante melódico de sus primeros años y se había convertido en uno de los nombres de la canción social latinoamericana.
En Coplas de mi país y Para el pueblo lo que es del pueblo, publicados a comienzos de los años setenta, aparecieron canciones que hablaban de desigualdad, poder, violencia y persecución. Los americanos y Que se vayan ellos terminarían siendo identificadas con aquella época.
Y aquello tuvo consecuencias.
Cuando cantar se volvió peligroso
La dictadura argentina convirtió sus canciones en un problema.
Piero contó años después que los militares le prohibían cantar Los americanos, Que se vayan y otras canciones de contenido social.
En 1976, cuando la junta militar tomó el poder, decidió abandonar Argentina. Su hermana había encontrado su nombre en una lista policial. Piero contó que huyó apenas unos minutos antes de que los militares llegaran a su apartamento: entraron, rompieron y saquearon su casa, llevándose incluso su colección de guitarras.
Comenzó entonces el exilio. España. Italia. Un molino en Guadalajara. Y, finalmente, Colombia.
Pero el destino tenía preparada una paradoja. La dictadura que quiso callarlo terminó creando al Piero de los niños.
Hay una historia extraordinaria detrás de La sinfonía inconclusa en la mar. Piero explicó que, como los militares le impedían cantar sus canciones de protesta, decidió hacer música que no pudieran prohibir. Música para niños. Así nació una obra que terminaría siendo uno de los discos más importantes de su carrera y el más vendido de su trayectoria.
El hombre que había incomodado al poder terminó acompañando las infancias de otra generación. Y allí aparece otra vez la magia de Piero: podía pasar de la protesta a la ternura sin dejar de ser el mismo.
Colombia
Pero si hay un país que ocupa un capítulo especial en la vida de Piero es Colombia.
Vivió en Bogotá durante una época de su exilio, en La Candelaria, y construyó vínculos con escritores, artistas y periodistas. Con el tiempo, esa relación dejó de ser la de un artista argentino que visitaba Colombia.
Colombia se convirtió en parte de su identidad.
En 1994 recibió la nacionalidad colombiana de manos del presidente Ernesto Samper. Piero contó que originalmente debía recibirla de César Gaviria, pero la ceremonia se aplazó por la muerte de Pablo Escobar.
Años después lo diría de una manera que resume esa relación: “Colombia se acomodó en el podio de mi corazón y se quedó ahí”.
Y no fueron solamente palabras. Recorrió regiones golpeadas por la violencia, estuvo en el Urabá, llegó hasta la zona de distensión del Caguán durante el proceso de paz del gobierno de Andrés Pastrana y participó en iniciativas relacionadas con las víctimas y la paz. En 2016 fue reconocido como Embajador de Paz de Buena Voluntad en Colombia.
Armero también entró en sus canciones
Colombia tuvo un lugar especial en su obra.
Después de la tragedia de Armero, Piero escribió Por ti, Colombia, una canción que convirtió el dolor de aquella tragedia en una reflexión sobre el país.
En ella aparecen Tolima, Armero y Caldas.
“Tolima, Armero y Caldas”, canta Piero, mientras construye una canción sobre la muerte, las heridas y la esperanza de volver a levantarse.
El tema quedó asociado a su relación con Colombia y a su manera de entender la canción: no solamente como entretenimiento, sino como una forma de acompañar a quienes estaban sufriendo.
Y ahí aparece, quizá, el Piero que más nos interesa recordar desde Colombia. No solamente el argentino. No solamente el cantante de Mi viejo. Sino el hombre que hizo de este país una parte de su propia historia.
Un cantor que nunca dejó de cantar
Piero tuvo muchas vidas. Fue seminarista, cantante de televisión, actor cantautor romántico, cantante de protesta, exiliado, promotor de proyectos sociales, cantante para niños, ciudadano colombiano, embajador de paz. Y, sobre todo, fue un hombre que siguió cantando.
Incluso cuando las décadas habían pasado y aquellas canciones que habían nacido en tiempos convulsos ya eran parte de la memoria colectiva, Piero seguía subiéndose a los escenarios.
En abril de 2026 regresó a Bogotá para presentar La sinfonía inconclusa en la mar, casi medio siglo después de que aquella obra hubiera nacido en circunstancias tan distintas.
Y pocos días antes de morir ocurrió una de esas escenas que parecen escritas para cerrar una película.
Su voz apareció en Io Vengo al comienzo del desfile de Saint Laurent en París. La voz de aquel hombre que había empezado cantando en televisión en los años sesenta sonaba ahora en uno de los escenarios más sofisticados de la moda internacional. Piero alcanzó a celebrarlo en sus redes sociales.
Y queda “Mi viejo”
Pero al final, cuando se apagan los escenarios, las dictaduras, los exilios, los premios, los discos y los homenajes, queda una canción. Mi viejo. La que escuché siendo niño. La que escucharon mis padres. La que coreaban mis hijas desde niñas, la que cantaron los padres de mis amigos, la que hoy escucharán otros hijos pensando en sus propios padres.
Porque esa es quizás la medida más sencilla de la permanencia de un artista: que una canción consiga atravesar el tiempo y encontrar siempre a alguien que necesite escucharla.
Piero hizo muchas canciones. Cantó al pueblo, contra las injusticias, por la paz, por Colombia, para los niños. Pero, al final, quizá la canción que mejor explica su despedida sea aquella primera. La del viejo que camina lentamente. La del hijo que lo mira. La del hombre que descubre, demasiado tarde, que el tiempo también pasa para quienes parecían eternos.
Piero se fue. Pero su voz quedó. Y para quienes alguna vez escuchamos Mi viejo siendo niños, seguirá acompañándonos siempre.
sos/










